La camisa y el pantalón enamorados. José Luis A. Coomonte

María conoció a Pedro en un paso a nivel, un sábado cualquiera, mientras esperaba a que pasara el tren. Se bajó del coche para estirar las piernas, y le hizo gracia aquél hombre que tres veces al día hacía parar el mundo para que un tren siguiera su camino y que además, con un cambio de agujas, podía decidir el destino de los pasajeros. Sábado tras sábado fue al paso a nivel hasta que consiguió hablar con Pedro y convencerlo para cenar juntos.

María era una mujer con una determinación un tanto especial. Nació antes de tiempo y aunque las matronas del hospital le dijeron a su madre que era por la luna llena, a ella le gustaba pensar que lo hizo para saltarse su destino. María nació un miércoles 1 de julio al mediodía, en el medio de la semana, en mitad del año, y era la tercera de cinco hermanos.

Su madre sufría “controlitis crónica semana-estacional”, enfermedad que le hacía controlar toda su vida y la de los demás según un orden semanal que cambiaba cada estación del año. Eso implicaba: comida, limpieza de la casa, ocio  y ropa de toda la familia. Esto era lo peor de todo. Ordenaba la ropa en perchas, un conjunto entero en cada una, con una etiqueta que indicaba miembro de la familia, día de la semana y estación del año. Si alguien se equivocaba de percha, pensaba que habían cambiado de estación, y de pronto se ponía bikini en invierno o encendía la calefacción en verano.

Todas las mujeres de la familia heredaban la enfermedad en sus distintas versiones, desde la aguda, controlitis diaria-diaria, hasta la benigna, controlitis anual-anual, donde se tarda tanto tiempo de un episodio a otro, que ni se acuerdan de lo que tenían que controlar.

A María la fecha de su nacimiento siempre le hizo creer que ella era capaz de tirar por la calle del medio y encontrar su propio camino, más allá de genes y de familias. Desde pequeña se cambiaba los lazos del pelo y echaba especias a la comida. Nunca iba por el mismo camino al colegio, y cambiaba el bocadillo con sus compañeras. De igual modo, aunque estaba predestinada a ser anarquista o controladora aérea, estudió Traducción y Documentación, y se hizo traductora. Empezó traduciendo del inglés, pero sabía que su vida necesitaba cierta parte de rigidez y orden, y se hizo también traductora de alemán.

A los cuatro meses de que María bajara del coche, se fue a vivir con Pedro a la casilla que RENFE dejaba en usufructo a todos los guardagujas. Pedro subía y bajaba la barrera, cambiaba las agujas del tren, limpiaba la casa y hacía la compra. Ella traducía, hacía la comida y lavaba la ropa.

cambio de agujas

A María le gustaba su nueva vida. Quería mucho a Pedro y empezaba a coger fama como traductora de alemán. Pero sabía que tenía que mantener dormido al león que llevaba dentro. Igual que lo acalló aprendiendo a traducir alemán, sabía que de alguna manera tenía que meter el orden en su nueva casa para que el resto pudiera seguir libre y relajado. Tras una semana de reflexión, hizo un pacto consigo misma. Cada día cocinaría algo distinto, iría con Pedro al mercado y allí decidiría qué iban a comer ese día. A cambio, ordenaría la ropa por parejas, y como su madre, guardaría cada pareja en una percha. Y no más. Ni orden semanal, ni estacional. Una vez puesto esto en práctica, conseguiría una convivencia apacible, y razonablemente feliz.

Recordaba la angustia de su madre emparejando la ropa, así que ella decidió hacerlo como si fueran matrimonios. Estaba el matrimonio tradicional, falda recta y blusa de volantes. El divertido, vestido de verano y camiseta de manga corta. Aburridos, pantalón negro de pinzas y blusa gris. Malavenidos, pantalón de cuadros rojos y camisa a rayas rosas. Les hablaba, les daba consejos matrimoniales y les decía que tenían que ser felices. Siempre colgaba al lado del conjunto de la falda recta  el del vestido de verano, a ver si aprendían un poco de su alegría y se les quitaba ese aire medio cetrino que tenían. Al conjunto del pantalón de cuadros lo ponía aparte. Su caso era imposible, y lo más que hacían era contagiar su amargura a los demás.

Su conjunto favorito eran su pantalón vaquero y la camisa blanca camisera. Le gustaba pensar que eran como Pedro y ella. Jóvenes, libres, atemporales, sin prejuicios ni pretensiones. Que disfrutaban tanto de estar juntos como ellos dos. Nunca se cosió el botón que tapaba justo la entrada del escote, primero por que sabía que eso le volvía loco Pedro, y luego porque intuía que también le hacía gracia al pantalón. Y estaba convencida de que a la camisa le gustaba que el pantalón tuviera un carácter tan bueno y flexible como Pedro, capaz de adaptarse a todos los sitios y situaciones.

En realidad a la camisa le gustaban muchas más cosas del pantalón. Le gustaba que no fuera un vaquero de marca, que a pesar de todos los golpes (estaba lavado a la piedra) tuviera sentido del humor y el aire medio inocente que sólo tienen los que están hechos de buen material. Se deshacía por dentro cuando veía como a él siempre se le bajaba la cremallera al mirar el ojal al que le faltaba el botón. A veces sentía envidia del vestido de noche y el echarpe, de sus cenas en restaurantes y noches de baile, pero luego miraba el bajo descosido del pantalón y sentía que se le abrían las costuras.

Otras veces tenía celos de María. Después de todo, el pantalón la tocaba entera, se adaptaba a ella y le mejoraba la figura. Por culpa de esos celos estuvieron un mes sin hablarse, y cada vez que María intentaba vestirlos, le salía sarpullido.

Ésa fue la única vez que estuvieron enfadados. El resto de su vida textil la pasaron queriéndose y disfrutando de cada día que estuvieron juntos. Cuando María se los ponía, él tiraba de ella para dentro con todas sus fuerzas. Ella reía e intentaba escapar, para volver a meterse enseguida. Cada paso de María era un roce entre ellos, y cada vez que se abrochaba el botón del vaquero, una declaración de su amor.

la colada al sol

Su día favorito era el día de la colada. María, en su infinita sabiduría por convivir consigo misma, ponía la lavadora todos los jueves y por supuesto, seguía manteniendo el mismo orden a la hora de tender la ropa. Lo hacía en unas cuerdas paralelas a la vía del tren, un conjunto al lado del otro, cada pareja unida durante un día por una pinza común, la del medio.

La camisa y el pantalón aprovechaban cualquier movimiento del aire para acercarse el uno al otro. ¡Estaban tan limpios, olían tan bien! Él aprovechaba la mínima brisa para llevar su pernera hasta el cuello de la camisa, ella para tocarle el bolsillo de atrás. Una brisa más fuerte y conseguían casi el abrazo. Lo mejor de todo era cuando llegaba el tren de las 12:15. Según llegaba empezaban a moverse, saludando a los viajeros, muertos de emoción de lo que los esperaba. El rebufo del tren aumentaba, y él iba consiguiendo meterse por una manga. Cuando llegaba el vagón de cola, ella se desabrochaba del todo y lo rodeaba. Con el último golpe de aire, lograban soltarse de las pinzas y caer al suelo, sobre la hierba, uno encima del otro. Allí se quedaban descansando del esfuerzo , oliéndose al suavizante de oferta del Mercadona, hasta que María los volvía a tender. “Para mí que estos dos son un poco viciosos”, pensaba mientras los tendía más juntos que a los demás, y con las pinzas más flojas, para que se movieran mejor.

El 2 de febrero de 1989 fue el último día que el pantalón y la camisa pudieron saludar a los viajeros. Pasaron la siguiente semana, como siempre, esperando a que llegara el jueves para enredarse con el rebufo del tren. Y llegó el jueves, y María puso la lavadora. Y tendió toda su colada por parejas, unas bien avenidas, y otras menos. La blusa camisera y el pantalón vaquero esperaron su tan ansiado tren, y esperaron, y esperaron. Pero ese día el tren no pasó, ni al jueves siguiente, ni al otro.

La camisa se moría de ganas de abrazar al pantalón, y al pantalón tanta espera le agrió el carácter. Ya no tiraba de ella cuando María los vestía, ni le decía al bolsillo todo lo que pensaba hacerle cuando pasara el tren. Se pusieron viejos, se ajaron, y María dejó de ponérselos. Al final hizo trapos con ellos para limpiar el suelo, y de rotos que están, ni se reconocen.

Con la desaparición del tren, Pedro se quedó sin trabajo. María, tan capaz como siempre de tirar por la calle del medio, le convenció para que se fueran a Alemania. Allí ella traduce, y él sigue decidiendo sobre los destinos de la gente. Ahora es consejero matrimonial, y por la noche, María le dice como conseguir que los alemanes sean menos rígidos y se disfruten más.

Todos los jueves a las 12:15 se acuerda de su camisa y su pantalón vaquero tendidos al sol. No se le ocurre un motivo mejor para haber mantenido un tren que el hecho de que el mundo entero vea a un pantalón y a una camisa quererse.

José Luis A. Coomonte y Elena Vicente Mínguez

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