Vías muertas. Francisco Rodríguez Criado

Lo peor llegó con la crisis del 93. Me levantaba a primera hora para comprar el Segundamano, y acto seguido regresaba a casa para rotular en círculos (como si fueran bocadillos de cómic) las ofertas laborales a las que podría optar alguien como yo: trabajos no cualificados y por tanto mal pagados. El siguiente paso era hacer las llamadas telefónicas. Con suerte, después de quince o veinte llamadas conseguía concertar cita para una entrevista. Salía precipitadamente de casa y me dirigía, primero en autobús y después en metro, a la jungla urbana. Era la crisis del 93, digo, y la gente había tomado las calles. Recuerdo una cola en Goya que daba la vuelta a la manzana. Desalentador, sí, pero al menos podías conversar con gente que también estaba en las últimas, compartir tus miserias durante un par de horas hasta que llegaba el momento del examen: “¿Tienes experiencia?”. “Nombre y teléfono”. “Ya te llamaremos”.
Y luego, la vuelta al hogar. El metro, el autobús, el cansancio. Ruth y yo vivíamos a 15 kms. de Conde de Casal, en un pequeño piso frente a las vías muertas de un viejo y solitario tren de mercancías. “¿Has encontrado trabajo?… Pues a ver cómo pagamos las facturas”. Para olvidar los problemas, al caer el sol me iba con Zar, nuestro cocker, a dar un paseo junto a las vías. Era la mejor hora del día: yo le lanzaba piedras que él me devolvía con gesto triunfal. Entonces me daba por pensar que alguna de aquellas noches vendría un tren fantasma y Zar y yo subiríamos a él para hacer un viaje sin retorno a un mundo mejor. Pero ese tren nunca vino y yo seguí comprando el Segundamano.

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