Ventajas de viajar en tren. Alberto Marcos Guillén

Aunque han pasado ya muchos años desde entonces, aun hoy hay días en los que las piernas me siguen doliendo horrores, pero es un dolor que me gusta porque me recuerda que soy uno de los tipos más afortunados del mundo.
¿Habéis visto alguna vez la típica película de vaqueros en la que el protagonista salta de un tren en marcha para acabar tan solo con algún moratón y polvo en la camisa? Bueno, en la vida real las cosas no funcionan así. De hecho, lo más probable es que se abra uno la cabeza.
Precisamente, mi historia comienza por mi mala cabeza. Volvía de un viaje de negocios que me había llevado por todo el norte de España. Pero entonces los viajes de tren no eran como los de ahora, eran mucho más largos. Y entre eso y unos tragos de vino que tomé cortesía de un paisano que se sentó a mi lado, al final me quedé traspuesto.
Cuando me desperté, para mi desgracia, el tren ya había dejado atrás mi parada y yo me veía ya solo y prácticamente sin dinero en una ciudad desconocida. ¡Y a ver cómo se lo explicaba yo a mi mujer!
“¿Qué le pasa, hombre?”, me preguntó un revisor ante mi evidente estado de nervios. “Pues ya ve usted qué calamidad, me he quedado dormido y me he pasado de parada”. Por supuesto, no le comenté nada del vino, no se fuese a pensar que yo era un beodo, quizá por la impresión que siempre me causaba ver a un hombre pulcramente uniformado, aunque también pudo ser que su prominente mostacho me recordase a mi padre y por ello quisiera ocultarle mis tientos al vino.
“¿Y dónde se tenía que bajar usted?”, me preguntó, “En Zamora, y ahora ni siquiera sé dónde estoy”. “No se preocupe, hombre, que eso tiene fácil solución. Mire, ahora en un momento, el tren pasará por un pueblo. No hace parada, pero la máquina bajará la velocidad. Cuando lo haga, yo le sujeto desde la puerta abierta del vagón y se baja usted en marcha. Desde ahí, seguro que encuentra a alguien que le pueda acercar a Zamora, que está solo a unos pocos kilómetros. Y como por donde pasamos hay un cambio de agujas, siempre podrá, como último recurso, hacer noche en la casa del guardagujas”.
“Pero eso, ¿no será peligroso?”, le pregunté yo. “¡Qué va, hombre! ¿Pues no ha visto que en las películas del oeste lo hacen cada dos por tres y nunca les pasa nada? Además, que el tren va muy despacio en ese momento, será como saltar un escalón…”.
Dicho y hecho. Al poco rato, ahí estábamos, el revisor y yo, con la puerta del vagón abierta, asomando la cabeza y pendientes de ver la casa del guardagujas, momento en el que el tren emprendería una ligera curva y, según mi nuevo amigo, el revisor, el momento ideal para apearme en marcha.
El aire frío de la noche me cortaba en la cara, pero aun así yo no dejaba de sudar. “¿Y dice usted que esto es completamente seguro?”, le pregunté por última vez. “¡Claro que sí, hombre!”, me contestó.
“Entonces, ¿lo ha hecho más veces?”
“¡Qué va, es la primera vez, pero en el cine lo he visto cientos de veces! Lo importante es que ruede usted al caer, ruede.”
Yo para entonces empezaba a temer que quizá no era buena idea, pero, claro, cómo iba ahora a echarme atrás después de todas las molestias que le había causado al pobre revisor… “Por cierto, muchas gracias”, le dije al hombre uniformado cuando comenzaba a asomar la esquina del alero de la casa del guardagujas, “que luego no podré dárselas”.
“No hay problema, hombre, para eso estamos. Ande, venga, tírese ya. No se preocupe, que yo le lanzo la maleta después”.
El tren enfiló la vía recta y yo, tras contar uno, dos y tres, me solté de la puerta del vagón, a la que había estado agarrado todo ese momento. Escuché al revisor decir algo, pero entre el ruido del tren y el golpetazo, no alcancé a entender sus palabras. A pesar del barullo de grava saltando por los aires, el polvo del camino levantándose y mis piernas revoloteando como si no fuesen parte de mí, como si perteneciesen a una marioneta cuyo dueño ha bebido demasiado, sí que pude ver como aquel hombre uniformado arrojaba mi maleta… Con tan mala suerte de abrirse al golpear el suelo con lo que toda mi ropa, incluidas las mudas de algodón que con tanto cuidado había doblado yo antes de hacer la maleta, salieron volando por los aires, como el confeti en las fiestas.
Me desperté a la mañana siguiente en el hospital de Zamora. Allí, un médico me puso al día: me contó que el guardagujas, alertado por el ruido, se despertó y me encontró tirado hecho un ecce homo, así que me llevó al hospital. El buen doctor también me advirtió de la locura que acababa de cometer. Solo me había roto las dos piernas y un par de costillas, además de tener todo el cuerpo magullado y con horrorosas heridas. Pero había tenido suerte, porque lo más probable en estos casos es no vivir para contarlo.
Aunque en los años posteriores hice muchas veces aquel mismo recorrido en tren, no volví a ver a aquel revisor nunca más. Una pena, me hubiese gustado confirmarle que tenía razón: no tuve ningún problema para que me llevasen a Zamora.

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