El ritual. Pepa Pérez Sempere

El ritual

Siete de la mañana, el tren va haciendo su recorrido hacia mi lugar de destino. Para, se abren las puertas, nadie baja, suben pasajeros, en cada estación más pasajeros. Yo dormito, todavía no he logrado despertar al cien por cien, miro sin mirar y en una de esas miradas la veo.

No sé ni cuando ha subido, ni en que estación, ni siquiera si hace mucho rato que está frente a mi. Es joven, delgada, con el pelo largo, bolso grande y una bolsa pequeña en la que guarda su pequeño ordenador, todo muy moderno. Un leve gesto llama mi atención, se ajusta un anillo en su dedo corazón, es un anillo importante, quizás de compromiso, la piedra de su parte superior estaba un poco ladeada, la coloca bien a la vista, que todos sepan de su condición.

Y es entonces cuando empieza el ritual, saca una bolsita, se la coloca sobre las piernas y de ella emerge un pincel y una cajita todavía más pequeña. Son sus movimientos y todo el proceso lo que consigue mantener mi atención. Utiliza el pincel para empezar a pintar sus párpados, pincelada a pincelada el color carne va cambiando a un gris plateado, no demasiado exagerado, y esos movimientos, izquierda-derecha, derecha-izquierda, me hipnotizan. ¡Mira! Te has dejado una pequeña porción sin pintar. Rectifica, recubre, el diminuto espejo marca sus pasos.

Un ojo, ahora el otro, ya está. Pero no, el ritual continúa, ahora saca un lápiz de color negro. ¡Claro, pienso, toca el perfil del ojo! Pues no, después de perfilar el parpado por la parte de las pestañas, guarda el lápiz y saca otro pincel, mucho más largo que el anterior, y esparce el color negro por la parte baja del párpado y por la zona izquierda. Un toque de misterio. El pincel se mueve, despacio, con cuidado, ¡ay!, que dolor, las cerdas finas del pincel han penetrado en su ojo. Falsa alarma, sólo ha sido un pequeño percance. Continúa. Se mira en el espejo, está satisfecha del resultado.

Otro lápiz, esta vez más pequeño, también negro. Ahora toca perfilar la parte inferior del ojo. El proceso es más lento, menos hipnótico. Mi atención decrece, pero un ligero movimiento hace que recupere mi curiosidad. ¡Otro pincel! ¿Y esta vez, para que?, ¡Claro, el colorete! Es un movimiento mucho más sincrónico que los anteriores, derecha-izquierda, arriba-abajo, repetitivo. Ahora una mejilla, después la otra, la frente, la nariz, la barbilla y un poco por el cuello.

Veo el resultado y pienso que hay que tener mucha práctica y paciencia para realizar todo el proceso sin salirse del contorno, entre el vaivén del tren, las paradas y las arrancadas del convoy yo ya me habría sacado un ojo y mis mejillas se asemejarían a las de una meretriz de segunda.

Un lápiz más, ¡quizás sea el último! Faltan los labios. El carboncillo de color va perfilando el labio superior, ahora el inferior, y vuelta a empezar. El color se expande por el labio superior, y ahora por el inferior, pero no en su totalidad, el rojo cobrizo sólo cubre la mitad de cada labio. Se mira en el espejo, guarda el lápiz, mete la mano en el bolsillo del abrigo y saca un pintalabios. Tiene que finalizar su obra, acaba de pintar los labios, fascinante, los dos colores son del mismo tono.

Una última mirada en el mini espejo le devuelve su imagen recién restaurada. Resultado satisfactorio. Justo a tiempo. El tren entra en la estación en la que se apeará, también es la mía. Guarda los utensilios de pintura en su bolso, se pone la bufanda, coge el bolso y la mini bolsa con el ordenador, hecha con la misma tela que el largo abrigo que la envuelve, y se levanta.

Nos bajamos del tren, la sigo con la mirada, ya no hay movimientos harmoniosos y lentos, todo en ella se vuelve rápido, la pierdo. Quería agradecerle el entretenimiento. Mi cerebro está totalmente despierto, ya puedo empezar el día con normalidad.

Pepa Pérez Sempere

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