Expreso de media noche. Teseo

 

Andrés se decidió casi en el último momento. Tenía que emprender viaje a Barcelona y sopesó la posibilidad de emplear largas horas conduciendo su vehículo o desplazarse en tren. Cierto es que desde sus años de estudiante no había vuelto a utilizar ese medio de transporte, pero en los últimos tiempos había oído hablar muy elogiosamente de los viajes en tren. Al parecer el ferrocarril había evolucionado de forma notable, tanto en velocidad como en comodidad. Por esta razón se decantó por el tren. De ese modo, además de rememorar viajes juveniles, podía aprovechar la noche para viajar y también evitaba de algún modo los gastos de una pernoctación en el hotel. Dispuso con rapidez un breve equipaje y encargó al taxista que le llevara a la estación. Con algo de precipitación atravesó el vestíbulo hasta alcanzar el primer andén, donde el expreso, más largo de lo que hubiera podido imaginar, estaba estacionado. De un salto accedió al coche que tenía más a mano. El largo y luminoso pasillo se encontraba desierto. Sin dudarlo un instante abrió la portezuela de un departamento al azar. Para su sorpresa y alegría constató la ausencia de viajeros en aquel espacio. Vinieron a su memoria aquellos viajes juveniles, cuando la fortuna le deparaba un departamento solitario, ello era garantía de felices sueños ya que los asientos se convertían en improvisada litera. Con esa esperanza lanzó una última mirada al andén. Frente a el estaba la veterana librería de ferrocarriles, enmarcada por un vetusto anuncio publicitario referido a los vinos Tío Pepe. En lontananza, al final del andén, se recortaba la silueta iluminada de la catedral. A guisa de despedida corrió las cortinas de la ventanilla y dispuso todo de la mejor manera para pasar un descansado viaje hasta Barcelona. Apagó las luces del departamento y no descuidó dejar a mano su billete para cuando el revisor hiciera su rutinario control. Una modorra frontera con el sueño estaba adueñándose de su conciencia, cuando sintió el suave arranque del expreso. Traqueteos apagados y el rumor acallado al deslizarse por la vía, arrullaban su reposo Entre los vapores del primer sueño notaba la monotonía de la marcha, que si bien daba la impresión de cadenciosa, debería en realidad realizarse ya a velocidad de crucero, más con tal mimo y suavidad que no se percibía el menor movimiento. Entre retazos oníricos alcanzaba, inconsciente, a plantearse cálidos elogios sobre aquel tren tan veloz, tan cómodo y tan silencioso. A ratos traspasaban las cortinillas fugaces rayos luminosos, rastros sin duda de poblaciones atravesadas a toda velocidad. Oras veces, entre las nieblas del sueño alcanzaba a oír lejanos altavoces, anunciando salidas y llegadas de otros trenes en posibles estaciones de tránsito. La noche transcurrió en un duermevela tranquilo aunque alerta. Las primeras luces del alba parecían ya anunciarse a través de las cortinas que velaban la ventanilla. Satisfecho y descansado comenzó a desperezarse. Ahora el movimiento del tren se hacía más perceptible, aun así no pudo por menos que admirar aquel suave discurrir que enmascaraba con seguridad velocidades increíbles. Al amparo de ese ritmo pausado empezó a percibir ligeros vaivenes que dedujo eran causados por cruzamientos de vías y al mismo tiempo comenzaron a llegar hasta su asiento rumores y trajines exteriores. Al tiempo, constató que el expreso, con sensible discreción se había detenido por completo. Sin duda ya habían alcanzado su destino! Estaban felizmente en Barcelona! Con emoción contenida se apresuró a despojar la ventana de sus cortinajes. Frente a el atisbó, a la luz incierta de la madrugada, una librería de ferrocarriles enmarcada por el trasnochado anuncio de los vinos Tío Pepe y al fondo, en confusión con el horizonte la silueta opaca de la catedral.

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