La escapadas de don Miguel. Teseo

Con tiempo suficiente, más bien excesivo, don Miguel, anudada la corbata y luciendo el traje azul oscuro que acostumbraba a vestir en las ocasiones especiales, se despidió de modo maquinal de su esposa  al tiempo que recibía de ella la cartera de fuelle que habitualmente usaba en sus viajes.

Don Miguel se reputaba como la persona más rica del pueblo, por eso procuraba aparecer, en todo momento, ante los demás, como el potentado que era, al menos de puertas a fuera, procurando vestir siempre como de domingo. Sin embargo era austero en sus costumbres, no se le conocían vicios ni liberalidades económicas. Todos sus excesos se limitaban a un cafetito en el Casino que demoraba para que le durase toda una tarde. Muchos murmuraban que era más rico por lo que no gastaba que por lo que ganaba.

En ello estaba la víspera de aquella jornada anunciando a todos los contertulios su viaje habitual a la capital de la provincia. Negocios indefinidos, gestiones administrativas y otros quehaceres importantes hacían repetir con asiduidad aquellos desplazamientos. Subrayando la importancia de aquellas difusas actividades y el relumbrón de las personas con las que había de entrevistarse, comunicó altisonante su intención de viajar al día siguiente.

Sobrado de tiempo se encaminó hacia la estación y dando un pequeño rodeo por a calle Real se aproximó al casino, saludando a su paso, ceremonioso y demorado a  los clientes del momento, quienes lo vieron engallado, balanceado levemente la importante cartera de cuero y sujetando entre sus labios un imponente habano.

Quedaba claro que don Miguel se encaminaba a la estación para abordar el Express de las once. Y efectivamente eso era así. Nuestro personaje penetró en el vestíbulo de la pequeña estación cuando aun o había en ella ningún otro viajero. Desde el pequeño ventanuco de la taquilla el Jefe de Estación le saludó cortés:

– ¿Otra vez de viaje don Miguel?

– Ya ve. Déme un billete a Zamora-

– En primera, por supuesto. – Dijo el Jefe con un punto de ironía-

– No, no es necesario, total el viaje dura poco más de una hora.

– Como quiera don Miguel, yo lo decía por los asientos de madera.

Luego, con el billete en el bolsillo comenzó a dar cortos paseos por el andén que poco a poco se fue poblando de labriegos portando atadijos y mujeres enlutadas rodeadas de niños inquietos, eran sus compañeros de viaje.

A las once en punto entró en agujas el Express de Madrid con su imponente locomotora ruidosa y resoplante. El grupo de viajeros formó una pequeña algarabía mientras arrastraba sus pertenecías hasta los coches de madera de tercera clase. Por el contrario, don Miguel, con gesto manifiesto localizó el coche de primera clase y tras breve vacilación, más buscando la observación que causada por duda alguna, abordó el tren en aquel punto.

Una vez en su interior enfiló el pasillo que llevaba hasta el coche restaurante, localizó una butaca junto a un velador de ventanilla y acomodado, separó el puro habano, aun sin encender, de sus labios, abrió, el maletín de viaje y extrajo un estuchito donde depositó el cigarro. Luego acomodó el recipiente entre la tartera donde su mujer le había puesto algo de comida junto con una botellita de agua.

Apenas había cerrado la cartera se le acercó el camarero del bar.restaurante. Don Miguel encargó un café con leche, que poco después saboreaba calmoso.

Siempre, en este punto, su cabeza se llenaba de los mismos cálculos: Un  billete de primera vale 24 pesetas. Un billete de tercera cuesta doce y un café en el coche restaurante tres pesetas. Con regocijo pensó de nuevo que salía ganancioso en nueve pesetas y además de disfrutar del café gozaba de aquellos sillones mucho más cómodos y elegantes que los de primera clase.

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