Una mirada serena. Teseo

Esta historia, que como veréis carece de interés, me sucedió al regreso de un viaje a Lisboa. Ocupaba yo asiento en un departamento completamente solitario del coche de primera clase del Sud-Express. El tren estaba próximo a partir. Arropado por mi soledad desplegué sobre los asientos fronteros los diversos periódicos de que me había provisto para aliviar el viaje.

Casi en el mismo instante en que el convoy iniciaba su marcha, una mujer joven de elegante presencia vino a hacerme compañía. Saludó en español con gesto afable, acusando con toda seguridad mi semblante agradecido ante tan inesperada como agradable compañía.

Replegué con diligencia mis lecturas a fin de permitir que se sentara en el asiento de su preferencia, el cual, para satisfacción mía fue el frontero al que yo ocupaba, justo al lado de la ventanilla.

Se trataba de una joven muy agraciada, facciones estilizadas, cabello oscuro y sobre todo, lo que más resaltaba en ella, lo que mayor impresión me causó, fueron sus ojos negros y profundos, ojos que transmitían una serenidad que inundaba todo su semblante. Aquellos ojos eran un lago de paz capaces de hacer naufragar a su sola contemplación, cualquier tipo de duda o inquietud.

Por lo demás, vestía con exquisita elegancia un traje chaqueta de tonos azulados, que complementaba con botines de medio tacón a juego con un bolso de bandolera y un pequeño maletín.

Como es lógico pronto entablamos fluida conversación. Andrea, que así dijo llamarse, llevaba algún tiempo en Lisboa, al parecer, esto no quedó muy claro, por asuntos relacionados con la industria farmacéutica. También yo hice mi presentación infamando a mi compañera de viaje que mi estancia en Portugal estaba motivada por ciertas gestiones de la empresa editorial para la que trabajaba, orientadas a una edición en portugués de algunas obras de Miguel Delibes, en las que por cierto había fracasado.

El tren discurría por tierras lusitanas al tiempo que nuestros temas de conversación iban salvando los más intrascendentes para hacerse más personales y sugerentes. En un momento dado quise confirmar la confianza que se iba formando entre nosotros ofreciéndole disfrutar de un café en el coche restaurante. Rehusó la invitación con unas excusas banales, por lo que tuve que tomar el refrigerio en soledad. Regresé al departamento lo más pronto que pude y continuamos la charla interrumpida.

Deduje por sus palabras que su destino era alguna ciudad del norte de España y al emplear esta expresión quiero dejar claro que aunque estuvimos hablando varias horas de lo humano y de lo divino, muy poco pude averiguar acerca de su persona, pues aunque daba la impresión de ser intimista, probablemente debido al influjo sedante de su mirada, poco pude conocer fuera de gustos, aficiones e ideas por otro lado muy generalistas.

Nos acercábamos a la frontera cuando al detenerse el tren en la estación de Guarda, sorpresivamente, me saludó con afecto, recogió sus pertenecías y deseándome un feliz viaje se apeó del tren.

Quedé completamente sorprendido pues había previsto su compañía al menos hasta Valladolid, que era mi destino. Ni por lo más remoto había supuesto que terminara su viaje en tierras portuguesas. Fue entonces cuando caí en la cuenta que nuestra amigable conversación jamás traspasó el umbral de lo intrascendente y que la hipotética confianza que parecía tejerse entre nosotros solo era un enredo de aquella mirada sosegada y profunda.

Minutos antes de llegar a Vilar Formoso, la policía portuguesa pasó recogiendo nuestros pasaportes. Eran los tiempos de Franco y Salazar y el simple paso de frontera tenía un cierto aire novelero.

Ya en la parte española, nuestra policía procedía a la entrega de pasaportes a cada viajero. Cuando los funcionarios llegaron a mi departamento me hicieron algunas preguntas obvias. De donde venía, a donde iba y si yo era aquel que figuraba en el documento.

– ¿Algo que declarar?

– Nada en absoluto.

Entonces uno de los agentes tomó una carpetilla de cartón marrón clausurada con bandas de goma roja que se hallaba depositada en la rejilla sita sobre mi cabeza.

-¿Es suya esta carpeta?

Lo negué porque jamás había visto aquel objeto.

– Puede ser de una viajera que se apeó en Guarda- manifesté.

– Nos acompaña, por favor.

– ¿Qué ocurre?, yo nada tengo que ver con esa carpeta.

_No se preocupe, solo es un trámite. Deje aquí sus cosas, nadie las tocará.

Así pues, acompañé a los dos agentes hasta un despacho de la estación. Allí me atendió otro policía de mayor edad, quien después de ordenarme tomar asiento me rogó que le relatara todo lo concerniente a la viajera que me acompañó hasta Guarda-

Inspeccionó los papeles de la carpeta al tiempo que me hacía una serie de preguntas incongruentes tanto sobre .la viajera como sobre mi breve relación en el transcurso del viaje

– solo es un trámite, insistía, pero por su gesto adusto y la acidez del interrogatorio empecé a temer que involuntariamente me había metido en algún lío. En un momento dado abandonó el despacho dejándome a solas con mi zozobra. La ignorancia del motivo que me había llevado hasta allí, junto a las inquietas miradas que lanzaba al reloj, viendo con pavor que se aproximaba la hora en que el tren, con mi equipaje reanudaría su marcha, me tenían sumido en una tormenta de nervios.

Al poco tiempo entró de nuevo el funcionario comunicándome que podía continuar mi viaje. Abordé el tren con toda celeridad. A la puerta del departamento estaba un esbirro, supongo que con la misión de vigilar mis pertenencias. Con una leve inclinación de cabeza se despidió al tiempo que el tren iniciaba su marcha. Pude observar que efectivamente estaban todas mis cosas , si bien detecté sin dificultad que habían sido examinas con cierta precaución.

El trayecto entre Fuentes de Oñoro y Salamanca dura poco más de una hora, con una parada intermedia en Ciudad Rodrigo. Repasaba febrilmente cuanto me había sucedido cuando arribamos a Ciudad Rodrigo. Allí un nuevo compañero de viaje vino a hacerme compañía. Se trataba de un joven robusto vestido con ropas informales, como de tipo deportivo, sobre las que lucía una corbata incongruente, todo su bagaje consistía en una especie de taleguilla de loneta. Inmediatamente pensé que se trataba de otro funcionario de policía, con la probable misión de seguir mis pasos y controlarme.

Resultó se un hombre muy dicharachero y locuaz, su conversación era muy amena , no para de hablar de si mismo y de sus actividades, dijo ser agente comercial de algunas firmas catalanas, salpicando constantemente su verborrea con múltiples anécdotas de viajes. Todo ello me vino a confirmar las sospechas que tenía acerca de su identidad y así, un poco por dar réplica a sus constantes confidencias y otro poco por poner en claro mi inocencia en los sucesos fronterizos, di yo también en dar exhaustiva información de los motivos de mi viaje, la editorial que me tenía contratado, mi domicilio en Valladolid y eferencia de algunos de mis amigos, esperando así que quedara constancia de que solo la casualidad me había puesto en el trance de la carpeta sospechosa. Además tuve la prudencia de no mencionar para nada aquel suceso a fin de que quedara subrayado cuanto le exponía.

El tren se aproximaba a Salamanca, en la lejanía y entre las últimas luces de la tarde se podían divisar las torres de la catedral. En ese instante, el hombre, con un gesto que endureció su semblante me dijo:

– Haga el favor de levantarse

-¿Qué? – exclamé

– Que se levante.!Rápido!.

Atemorizado obedecí su orden. El izó con habilidad el cojín de mi asiento y extrajo de el una carpetilla marrón con bandas de goma roja igual a la que había requisado la policía fronteriza. Abrió el saquete de loneta que estaba relleno de periódicos e introdujo en el la carpetilla. Una vez cerrado convenientemente permaneció asomado unos instantes a la ventanilla y en un momento determinado lo arrojó al exterior.

Faltaban escasos minutos para que el tren se detuviera en Salamanca. El hombre se me quedó mirando fijamente en un examen concienzudo, luego, haciendo un gesto que yo interpreté de amenaza dijo:

– De esto chitón. Ya sabemos donde encontrarte.

Puedo asegurar que a nadie comenté nada de lo sucedido en aquel infortunado viaje y si lo hago ahora es porque ya han pasado más de 30 años y me parece que aquellos cruces de frontera tan inciertos y como de aventura novelera, son definitivamente algo del pasado

Teseo

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