Una tarde especial. Teseo

Aquella maldita curva. Félix, obrero de la vía, era consciente de la debilidad de aquel punto de su distrito. Ninguno otro les causaba tantos problemas en los trabajos de mantenimiento. Aquella jornada tocaba nuevamente actuar en la curva rebelde. El capataz había ordenado concentrar dos brigadas, lo que era anuncio seguro de los penosos trabajos que les aguardaban.

Estrenando la madrugada Félix se encaminó vid adelante, el azadón al hombro, la talega con el almuerzo y el cuerpo roto de fatiga hasta el tajo. Cuando llegó algunos de sus compañeros iniciaban las labores previas a los trabajos programados. El sol empezaba a dar indicios de .colaborar en el sufrimiento de la cuadrilla. Primero se dedicaron a sustituir algunas traviesas de madera ya en estado lamentable. Parece una operación simple, pero hay que apartar y cajear el siento de la traviesa para conseguir una mínima holgura y libre del balasto que la apriesa poder extraerla a golpe de piqueta. Luego con la misma brutalidad se coloca la sustituta y rastrillando pedruscos que han bien arropada la sustituta. La clavazón se ejecuta en parejas a base de riñones y de brazos..

A medio día el capataz dispuso un pequeño descaso para reponer fueras y dar cuenta del magro almuerzo de la peonada. Cada cual se procuró un refugio sombreado, y el pensamiento apagado por las duras tareas que restaban.

Un sol de plomo aplastaba al grupo cuando empezaban a ripar vía. Armados con una barra de hierro, coloquialmente conocida como “aguja” y puestos en hilera a lo largo de la rebelde curva, empujaban todos a una impulsados por los gritos desgarrados del capataz. Con tenacidad agotadora trataban de llevar la vía a su ser. Voces destempladas, jadeos, insultos. La vía ganaba milímetro a milímetro el lugar prefijado por los técnicos. Finalmente aquella maldita curva quedaba apenas dominada. Para reafirmarla comenzó el concierto de bateo, golpe tras golpe asentando, apretando el balasto, buscando una firmeza que a la postre siempre se manifestaba efímera.

Félix cargó de nuevo su azada al disolverse la brigada e inició el retorno a casa. Caminaba desfallecido vía adelante, cargando sobre sus hombros un cansancio agónico, una fatiga atávica, una derrota física ceñida a todo su ser.

Cada tarde tomaba un breve descanso bajo unos almendros casi colgados sobre el abismo asomado al mar, justo al comienzo de la trinchera por la que en breve irrumpiría el tren Correo. Disfrutaba de aquel breve reposo, sin lograr recuperar sus músculos pero llenando en plenitud su espíritu. La quietud del lugar, el aroma vivaz de la naturaleza circundante, trinos y vuelos de aves y al fondo bramando, embistiendo tercamente el oleaje de aquel mar sin fin-

Una suave brisilla hacía tiritar levemente las hojas del almendro-

Félix mantenía un pequeño ritual que al tiempo utilizaba como cronómetro. Una piedra en el suelo le indicaba el progreso de la sombra, sabía que cundo esta superara la piedra, corregida día tras día, el tren correo asomaría por la trinchera..

Allí estaba con su respiración fatigosa. Una gaviota pasó veloz ante sus ojos. Incansable el ritmo monótono de las olas se estrellaba en los peñascos del fondo. Sus latidos, el diapasón medido de su corazón se acompasaba al oleaje: empuje, estallido luego repliegue y sosiego. Disfrutaba con aquel vaivén acompasado, con aquellos impulsos marinos que al tiempo gobernaban su flujo sanguíneo.

La fatiga que llenaba su ser no cesaba. Observó la piedra cronometradora encontrando que la sombra del arbolillo no se aceraba hasta ella. La brisa se detuvo por completo, poco a poco el silencio fue haciéndose presente en absurdo contraste con la mole de hierro del Correo que extrañamente seguía sin manifestarse. Inmóvil el aire, quieta la sombra, el mar empezó a remansar hasta ser un espejo dócil, las olas en reposo y su corazón siguiendo aquel ritmo mimético alcanzó la misma paz e idéntica quietud.

-Que bien se está aquí- pensó Félix SL sumergirse en aquel reposo liberador..

Teseo

 

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