Un tío en América. Teseo

 

Cuando recibí la carta del Notario, Ilustre colegio de Valladolid rezaba la antefirma, no pude por menos que acordarme del viejo dicho referente a tener un tío en América. Pero así era, yo tenía y nunca mejor expresado un tío en América, porque eso era lo que me informaba el escrito formalista del digno Notario, ya que en el sesgo de la redacción se me informaba del fallecimiento, tres meses atrás, de mi tío Demetrio, al tiempo que rogaba mi asistencia a la lectura de su testamento, como parte interesada, el viernes venidero en su despacho.

Según mis recuerdos, mi tío americano era el mayor de los hermanos de mi madre. Al parecer había emigrado en su juventud a México, donde arraigó con regular fortuna. Se había casado con una nativa de la que enviudó hace algunos años sin dejar descendientes. Tengo que confesar que desde la muerte de mi madre no había vuelto a tener noticia alguna de este mi tío Demetrio hasta esta tarde en que recibí la notificación notarial y esta, como digo, se centraba en el acto de lectura testamentaria. El único dato complementario que añadía era que residía en la ciudad de Mérida, en la península del Yucatán, donde le encontró la muerte.

Si he de ser sincero la misiva no me causó tristeza alguna, antes bien me despertó un aura de esperanza ilusionada ante la perspectiva de una herencia que podría ser cuantiosa, máxime en aquellos días, que como era frecuente andaba ajustad de bolsillo.

Llegado el día me revestí de expectante dignidad y me personé en el despacho notarial. En antesala me llevé una inesperada sorpresa. Allí estaban aguardando algunos de mis primos y otras personas desconocidas, que al poco pude averiguar que se trataban de sobrinas y familiares de la que fuera esposa de mi tío. Vamos que se trataba de una reunión familiar en toda regla, cuya primera consecuencia fue rebajar a ínfimo nivel mis originales expectativas.

Cuando el Notario nos hizo pasar a su despacho éramos una veintena los reunidos, lo que causó algún problema de ubicación. Se hizo un silencio expectante. El notario dio una explicación somera del contenido del acto y seguidamente empezó a dar cuenta pormenorizada de lo que el llamó caudal hereditario. Este desglosaba, en prolija relación donde se enumeraban diversas propiedades rústicas y urbanas, acciones, títulos, derechos y obligaciones de entidades de etiología desconocida. Cruces de miradas, suspiros aliviados e inquietos rebullidos dieron acogida al relato. La satisfación era generalizada si bien teñida de un poso de inquietud.

El fedatario se tomó un breve reposo, instante que aprovechó el pasante, allí presente, para anuncianos que los bienes recibidos en España estaban sujetos a los impuestos sucesorios, lo que al mismo tiempo ocurría en México, en resumen que estaban sujetos a doble imposición y que para solucionar los trámites necesarios ofrecía solícito sus servicios. Ni que decir tiene que estas noticias rebajaros sensiblemente el ánimo de la concurrencia, aunque no tanto como lo logró la segunda parte del inventario, denominado por el Notario como Pasivo, el cual, advirtió contundente era asumido por el heredero, es decir, aclaró, son a su cargo tanto los bienes recibidos como las deudas reconocidas. Carraspeos, miradas dubitativas y codazos indiscretos recibieron estas palabras.

Si la lectura del Activo fue extensa, no menos lo fue la del Pasivo. Las esperanzas ilusionas iban descendiendo gradualmente, era un espectáculo observar la transformación de los semblantes y la inquietud que en poco tiempo anidó en cada mirada.

Terminado este capítulo, el Notario pasó a relatar la distribución personalizada de la herencia señalando puntualmente bienes y cargas. Aquí se produjo como un despertar del corrillo, al fin se iba a conocer la suerte de cada uno. Bajo un silencio de plomo se inició la lectura rubricada en primer lugar con el nombre y parentesco del heredero, seguido de los bienes adjudicados y las cargas que le correspondían. La información era recibida con una complacencia expectante, ligada al título de lo recibido y nublada por el débito a que se ligaba. Como en una lotería el relato se inició por lo que pudiera considerarse como premios mayores, esto es fincas, ranchos y propiedades rústicas y urbanas. Luego siguieron premios me menor cuantía, sin que mi nombre fuera referenciado para nada, ya perdía toda esperanza distrayendo mi aburrimiento observando las encontradas reacciones de los que había sido objeto de alguna adjudicación, cuando hoy mi nombre rubricado por una pausa. El Notario daba cuenta de que me correspondía una maqueta, a escala, del ferrocarril que atraviesa el Puerto de Pajares camino de Oviedo. Sin duda se trataba de una vieja añoranza de mi tío Demetrio ya que en algún resto de mi memoria recordaba que en su juventud había trabajado en la construcción de aquel trayecto y en la perforación del túnel de La Perruca. Yo mismo había estado empleado en el ferrocarril durante algún tiempo y ello podía ser la causa del regalo.

– En expediente separado se da información detallada de esta heredad – aclaró el funcionario.

Poco más duró aquel acto, conversaciones de circunstancias, despedidas aceleradas y promesas que ninguno pensábamos cumplir. Luego retornamos cada uno a lo nuestro soportando la carga de alegría o desilusión que nos tocara en suerte.

Al verificar el expediente de la maqueta, que contenía detalles, planos y un par de fotografías, me di cuenta de su magnitud. Medía 6,70 m por 4,15, es decir que era casi mayor que mi propio apartamento. Tras breve reflexión decidí ofrecerlo a algunas sociedades de amigos del ferrocarril. Me contestaron muy agradecidos pero solo aceptaban la donación si yo me hacía cargo del traslado hasta su sede. Igual intento hice con algunos centros oficiales, los menos contestaron con el protocolario acuse de recibo sin más pronunciamiento, el resto ignoró mi oferta.

Entre tanto recibía cartas de la heredera mexicana a quien correspondió la casa donde estaba depositada la gigantesca maqueta. Al parecer pretendían hacer algunas reformas y necesitaban liberar la habitación ocupada por el ferrocarril en miniatura.

Al borde de la desesperación llegué a publicar en la sección de anuncios por palabras de los diarios mi intención de regalarlo a quien tuviera interés en aceptarlo, pero siempre chocaba con el mismo inconveniente, nadie quería correr con los gastos de embalaje y traslado.

A finales del pasado verano recibí una postrera carta de México, donde de forma casi textual me informaban que la maqueta había sido desmontada y permanecía arrumbada (esta palabra me pareció peyorativa) en un almacén de su propiedad para cuando gustara disponer de ella.

Después de recibir esta misiva me limité a clavar con unas chinchetas las fotos de la maqueta en la pared de mi dormitorio y archivar la carpeta con los detalles en el cajón de los objetos destinados al olvido.

Teseo

 

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