La perragorda. Luis Ramos. http://mori-bundia.blogspot.com/

Podría parecer curioso lo que voy a deciros, pero siempre me ha gustado el calor familiar que desprende el pitido entrecortado del tren; así que, antes de explicaros por qué me pasa esto, quiero presentarme.

Me llamo Manolita y soy una “perragorda”. Sí, sí, como imagináis. Ya sé que suena raro, sin embargo, soy eso, una “perragorda”, una moneda de aquellas que existieron en la época pobre de este país que últimamente se ha creído millonario y como suelen decirse por ahí, “está que lo tira”.

Bueno, pues aunque parezca extraño, soy una vieja moneda de aquellas, pero ¡ojo!, ya sé que en la actualidad no sirvo ni de trueque, ni me cambian por nada, porque además de no tener valor -monetariamente hablando-, tengo por seguro que en el caso de seguir en servicio y teniendo en cuenta los acuerdos dinerarios actuales, mi valor para la Casa de Moneda y Timbre, sería algo así como un fiasco.

No obstante, a pesar de mi invalidez pecuniaria actual, tengo que reconocer que mi status social y personal es envidiable, porque además de servir para algo lúdico, me considero bastante útil.

Pensaréis que esta manera de verme a mi misma está un poco sobrecargada y parece demasiado egocéntrica, y os preguntaréis que a qué me dedico. Bueno, pues para que lo sepáis, os digo que de alguna manera tengo que reconocer que soy muy feliz, que tengo buenas compañías y que además, me dedico al baile. Sí, sí, como lo oís, al baile, o a algo que tiene que ver indirectamente con el movimiento y la danza.

¡Bueno, bueno! ¡Qué conste, que no soy ninguna Billy Elliot de ficción ni ningún Nureyef fuera de servicio! Os agradezco de antemano el posible cumplido, pero no os adelantéis, que no soy yo quien se mueve o quien baila, ni soy la bailarina de la trama, pero mi relación con danzantes y bailarines es constante, diaria, entregada y bastante fértil.

Pero, ¡un momento, esperad un poco más!, no adelantemos acontecimientos; así que, antes de explicaros el asunto este de las piruetas, los giros y las volteretas, quiero contaros algo importante de mi historia.

No me llaméis pesada por haceros esperar, pues no voy a recordar dónde me acuñaron, o en qué sitio sin importancia cogieron el níquel para formarme. Ni se me ocurriría daros la paliza con semejantes anécdotas pasadas ya de calendario. Además, creo que casi ni me acordaría. Lo que sí recuerdo es multitud de anécdotas a lo largo de mis diversas estancias en diferentes tipos de bolsillos, carteras, monederos o faltriqueras, que ahora, es verdad, no vienen a cuento.

Ni que decir tiene que el ingente número de personajes que he conocido a lo largo de mi vida útil como moneducha de cambio daría para contar no este sencillo y pequeño relato relacionado con las vías del tristemente desaparecido tren Ruta de la Plata, sino que podríamos llenar una novela de esas que aparecían por entregas para entretener a cualquiera de los viajeros que eligen el tren, el metro, o los cercanías,  porque de todos es conocido que con el traqueteo de las vías es en estos lugares donde mejor se lee.

Lo que quiero deciros es que soy una perragorda que apareció una mañana en la mano de un niño, creo que era Pablo como se llamaba, porque se la había dado de  propina su abuelo, un señor de aquellos setentones de entonces a los que la bondad le rebosaba por todos los lados, y que el día anterior había mandado a Pablo a hacer un recado importante que llevó a cabo estupendamente con toda la inocencia y el respeto del mundo, y que por ello recibió una moneda que el anciano creía importante, pero que el niño reconocía perfectamente por su escaso valor.

Al poco tiempo el abuelo enfermó y ocurrió lo que menos se deseaba. Pablo entristecido dejó guardada en el solitario cajón de su mesilla la última perragorda del viejo. Creo que yo, Manolita, debí ser uno de sus últimos recuerdos.

El chico se fue convirtiendo poco a poco en un consumado jugador de canicas y de aquellos “chapetes” de entonces, pero sobre todo, lo que mejor se le daba era hacer bailar el peón, soltando el cordel con una eficacia que todos los chavales admiraban.

Una tarde del siguiente verano Pablo escuchó contar a algunos de los muchachos de su calle cómo habían cogido una moneda vieja y la habían puesto a las vías del tren para que pasara sobre ella y la aplastase, y así, hacerla más grande para poder usarla como extremo del nudo del cordel del peón, pues utilizada como límite de ese cordel permitía apretarlo más y hacer más fuerza a la hora de lanzar el peón, con el añadido de permitir, as su vez, bailarlo mejor y dar mejores rajonazos contra los otros peones a fin de sacarlos del círculo de juego y poder ganar con ello a sus competidores.

El caso es que Pablo se acordó de su pobre moneda, y ahí me tenéis, a mí saliendo del cajón, a la “perragorda” Manolita, como me llamó a partir de entonces mi jefe, pues se acordaba de la “mano bonita” de su abuelo. Y, ¡hala, hala!, al tren que me llevaron, y allí me colocaron en el hierro, esperando asustada el terrible abrazo de las vías del tren contra mi metal de tercera.

¡Qué terrible calorazo y qué sensación más alucinante sentí cuando el tren me pasó literalmente por encima! Ardía la vía, y ardía toda mi circunferencia y mi círculo con una sensación inigualable, tanto, tanto, que no tuve más remedio que estirarme y estirarme, hasta quedarme con esta forma menos circular que ahora tengo, pero geométricamente más satisfecha, porque soy yo, Manolita, peculiar, irregular y treniforme.

Cuando después de enfriarme llegamos a casa de Pablo, éste hizo un agujero más o menos en mi centro y paso por él su cordel favorito, y desde entonces he venido siendo la perragorda más feliz, casi bailarina, servicial y dinámica que se haya conocido.

¡Qué a gustito se está cuando Pablo coloca su cordel ajustadico y apretadico contra mí para que luego se mueva y dance con el peón su baile favorito! ¡Cómo baila mi cordel soltando al aire toda la energía que me acompaña desde mi estupendo abrazo con el tren entre aquellas vías paralelas!

Ni que decir tiene que las cosas hoy son de otra manera, pero yo sigo al lado de mi cordel y su peón, esperando unas manos infantiles que sepan entender todo lo que ha supuesto el tren y los juegos de los niños para alguien tan sencillo como son todas las cosas que se pueden sentir entre las “manos bonitas”, entre las “Manolitas” del mundo.

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