Por los pelos. Helio Ayala

Llegó jadeando a la estación, miró a ambos lados del andén, no había moros en la costa. Casi de un salto introdujo su cuerpo en el vagón número cuatro del primer tren que encontró. El tren arrancó. Paseó por el vagón algo distraído buscando un lugar donde acomodarse, lo halló cerca del final. Notó que todo el mundo le miraba, se preguntó si era por su aspecto descuidado, el sudor que empapaba su cuerpo, por su respiración agitada, su boca abierta, su aliento. Le daba exactamente igual, estiró sus patas y se echó. Lo único importante era que había dejado atrás a los empleados de la perrera municipal. Por la megafonía del tren se oyó: “Próxima estación, Atocha”. Era once de marzo y demasiado temprano para dejarse atrapar.

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