A VUELTAS CON EL SEGUNDERO. Teseo

He de reconocer que tuve una larga y fraterna amistad con Julián. Muchas tardes me acercaba a su despacho de Jefe de Estación y allí charlábamos durante horas en una conversación que indefectiblemente siempre derivaba en temas ferroviarios, vagones, horarios o vías.
Hace años que se jubiló y enviudó, por ello en los últimos tiempos me impuse la obligación de visitarle periódicamente en su domicilio, en un afán de reverdecer aquella vieja amistad y de darle consuelo a su soledad.
Siempre fue Julián un maniático de los relojes, los tenía a docenas en su casa, conocía sus entresijos y mecanismos y en nada ponía más interés que en sincronizarlos todos y que el campaneo de todos ellos fuera simultaneo. Labor infructuosa, como lo fue tratar que dieran las horas uno a continuación de otro, en un concierto tan descompasado como heterogéneo.
He ido espaciando mis visitas, sobre todo cuando últimamente he podido comprobar importantes desajustes en algunos de aquellos aparatos cronométricos, incluso percibí que había relojes sin funcionar.
Días atrás, otro compañero de tertulia me informó que el segundero vital de Julián se había parado definitivamente. Concluyo pues que lo anterior solo fue una premonición.

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