Amor, aunque la noche ha muerto. Luis Ramos

Siempre que pasaba cerca de aquel pueblo, a J. H. le gustaba observar desde la carretera la antigua Estación de tren, que -según le comentaron-, había sido alquilada últimamente por varios artistas de la capital que la utilizaban para celebrar de vez en cuando alguna merienda o encuentros y exposiciones puntuales.
Al contemplar la Estación, J. H. recordó sin querer una antigua escultura de hierro dedicada al tren, que representaba, -señalaron entonces varios críticos-, el paralelismo espacial imaginario de los trayectos ferroviarios, y que había sido creada hacía años por un artista gruñón e inteligente amigo ahora de crear cuentos y contarlos sin escribirlos.
Curiosamente, desde que lo leyó por primera vez, a J. H. también le había llamado poderosamente la atención un poema del inglés Auden incluido en las Doce canciones, en el que dentro de sus versos se cita una estación de tren peculiar. Ahora volvían de nuevo a su recuerdo aquellos primeros versos: “Amor, aunque la noche ha muerto, / Su sueño aún preside este día, / Que nos condujo a un dormitorio / Cavernoso y altivo como / Una vieja estación de tren, / En la penumbra, entre las camas / Apiñadas había una / En la que juntos nos tendimos.”
Nunca supo si su fascinación desde niño por el mundo de los trenes, era una cuestión solamente familiar, pues sabía de un tío suyo que murió joven trabajando en las vías, o venía de sus muchas lecturas o de la contemplación de ese tipo de paisajes y obras de arte que tanto le atraían.
El caso es que le llamaba poderosamente la atención todo lo que tuviera que ver con ellos, por ejemplo, ese pequeño poema de Auden en el que un espacio tan especial como cualquier estación ferroviaria podía servir de símil para escribir sobre el amor en una cama y un dormitorio tan sencillos y singulares.
Ahora, aún, mucho más; desde hacía dos semanas no lograba olvidar que, en la gran ciudad donde vivieran juntos, Eugenia le había confesado lo mismo que Auden escribe en los últimos versos de esa canción, y que de nuevo le hacían volver a recorrer los paisajes que tanto transitara hace tiempo: “De qué oculta lombriz de culpa / O qué maligna incertidumbre / Soy víctima, si entonces tú, / Con tono desenvuelto, hiciste / Lo que nunca estuvo en mis planes, / Confesar sincero otro amor; / Y yo, sumiso, me sentí / Desdeñado y hube de irme.”
A pesar de la soledad y del puñal de los recuerdos, J. H. se consideraba un privilegiado por tener, al menos por ahora, un lugar hermoso donde volver, aunque la pasión, -como la noche-, ya hubiera muerto.

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