EL GAFE. Teseo

El domingo por la mañana regresaba de comprar el periódico, cuando me encontré con mi vecino Andrés. Saludos de cortesía y los buenos deseos habituales.
A la mañana siguiente me entero que ha caído fulminado por un infarto. Recuerdo que el miércoles mientras tomaba café con Luis, un colega de despacho, comenté la impresión que me había causado hablar con Andrés unas horas antes de su muerte sin percibir ninguna señal, ningún presentimiento que me anticipara el desenlace. Deberíamos tener un sexto sentido que nos pusiera en guardia cuando hablamos con alguien a quien no volveremos a ver. Luis, que coincidía plenamente con esta idea, sufrió un accidente esa misma mañana que le costó la vida.
Estos pensamientos perforan mi mente con la percusión de una taladradora, que de algún modo se acompasa al trepidar del tren que me lleva a Valladolid, donde acaba de morir mi prima Inés con la que charlé hace un par de días.
Por ello, cada vez que me encuentro con algún conocido o familiar, me asalta la incertidumbre de si volveremos a vernos más adelante. El caso es que por unas causas o por otras, como si de repente me hubiese convertido en un gafe peligroso, todos aquellos con los que trato, desaparecen del mundo de los vivos. Ciertamente no me explico este fenómeno, máxime ahora que me siento pleno de vigor, tanto que sin esfuerzo, puedo atravesar cualquier pared o superficie.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historias del tren. Guarda el enlace permanente.