UNA PARADA INTERMEDIA. Teseo

Durante los meses de verano somos muchos los que nos ponemos a salvo de la canícula madrileña, pasando a residir en la sierra. Algunas mañanas, aparcando el coche junto a la estación de Robledo, coincidí con un antiguo compañero de estudios con el que intercambiaba algunas palabras rutinarias antes de abordar el tren de cercanías. Mi compañero se apeaba en Villalba, mientras yo lo hacía en Chamartín. Esto me intrigaba un tanto, ya que más de una vez le vi llegar en el siguiente tren acompañado de una joven elegantemente vestida.
Como quiera que el viaje, por aquello de la cabezadita y de las lecturas matinales, lo hacíamos en vagones separados, no me era posible concluir las razones de esa parada intermedia, aunque ya algo empezaba a barruntar.
Una mañana decidí observarle con prudencia. Cuando el tren se acercaba a Villalba abrió una cartera de mano de la que extrajo un frasquito de colonia que se aplicó con disimulo sobre el rostro. Desde la ventanilla comprobé el cariñoso recibimiento de la muchacha que le aguardaba. En el vagón aun flotaba el aroma de su perfume que, casualmente, comprobé, es el mismo que usa mi marido.

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