Un Cuento. Teseo

Tomé posesión del asiento junto a la ventanilla, aunque luego, durante el viaje me concentro en la lectura. En los asientos de enfrente se sentó una joven, con su melenita rubia, su blusa sugerente y su minifalda a medio camino. A su lado viajaba una niña de ojos despiertos, como un amanecer veraniego y un desasosiego inquieto que a veces se desahogaba con mis espinillas y en una incesante verborrea con su mamá.
Cuando tomó confianza conmigo, esto es, a los cinco minutos, me preguntó:
– ¿Cómo te llamas?
– Ricardo
– ¿Vas también a Madrid?
– Pues si voy también a Madrid.
Lanzó una mirada distraída al paisaje, como si aquellas llanuras le resultaran familiares.
– ¿Me cuentas un cuento?
– ¿De qué te gustan los cuentos?
– De trenes y de amores- contestó con desparpajo.
– Pues…
– Este era un tren en el que el protagonista se enamora de mi mamá…
Lancé una mirada de reojo a la madre que sonreía con gesto complaciente. Mi escasa experiencia en narraciones infantiles me dice que los niños son muy dados a situaciones familiares y que además tiranizan al narrador, ya que en lo fondo lo que buscan es endosarte ellos su propio cuanto.
-¿cómo se llama el protagonista?
-Ricardo –contestó con aplomo-
– Es decir, igual que yo –contesté removiéndome inquieto en el asiento al tiempo que pedía ayuda visual a la mamá. Esta se mantuvo en su sonrisa de Gioconda y en sus ojos percibí un poso de satisfacción.
La criaturita reanudó su ejercicio de tortura psicológica:
– – Ricardo -dijo- viajaba en un tren a Madrid y como se sentó en frente de mamá, al instante quedó enamorado de ella.
– Me quedé con la boca abierta sin saber que responder. Ella insistió:
– – Los dos esperaban con impaciencia a que me quedara dormida para hablar de sus cosas. ¿Verdad que sí mamá?
– Los ojos de su madre delataban una complicidad que me hacía temblar como si estuviera en presencia de mi jefe de personal. Ningún auxilio me podía llegar de aquella mujer. Puesto en mi papel alcancé a musitar:
– – Yo creo que a tu papá no le gustara que yo me enamore de tu madre.
– – Es que ella no conoce a mi papá.
– La cabeza me giraba a más revoluciones que las ruedas del tren al tiempo que mi mente alcanzaba extensiones tan yermas y vacías como la estepa del paisaje.
– – Es que soy adoptada.
– Esta aclaración tuvo la virtud de liberar mi ánimo de un peso inaguantable por otro insoportable.
– – ¿Cómo sigue el cuento?, dije en un susurro.
– – Ahora te toca a ti tomar la iniciativa, yo solo te he sugerido el comienzo de la historia. Pon tu el final o si quieres el principio.
– En esto, anunciaron por los altavoces la próxima llegada al destino. Me desperté con un sabor amargo en el paladar y una parálisis incipiente en las piernas. En los asientos de enfrente madre e hija me observaban como si fuera un bicho raro. Me despedí con un sentimiento trufado de culpa y de vergüenza y salté al anden como un naufrago alcanza la isla salvadora.
– Con mis propósitos de enmienda dudo entre no volver a montar en tren, no dormir en los viajes o no colarme en mis propios sueños

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