SW-01-MZA. Teseo

Mi nombre es SW-01-MZA. Suena un tanto extraño, sobre todo pensando que me bautizaron hace más de 150 años. No puede decirse que nací, ya que lo correcto es hablar de que me hicieron o mucho mejor, que me fabricaron en Inglaterra, en una factoría al norte de Londres. Manos muy expertas ensamblaron mi bastidor de hierro, soportado por dos ejes de dos ruedas, revistiendo lo que podríamos llamar mi esqueleto con maderas nobles, tapizando el interior con lienzos de seda, brocados, cretonas, damascos y terciopelos. Las paredes se adornaron con oleos de los mejores pintores. Tulipas de vivos colores iluminaban mi interior, donde con atinada distribución se repartía el espacio entre un saloncito de té, un diván, una mesa de juegos, otra para los almuerzos, un pequeño reservado que deba acceso al dormitorio y al closet, más una estancia diminuta en que se abigarraba el espacio destinado al servicio.
Mi destino era viajar y así empecé mi andadura, con una travesía en barco culminada en Alicante. No sin esfuerzo consiguieron depositarme en tierra, aun a costa de alguna rozadura y desencaje. Con gran sorpresa comprobé la ausencia a mis pies, que son mis férreas ruedas, de los carriles tan elementales para disponer de movilidad. Una locomotora Jones Potts emprendió conmigo un largo peregrinaje, a lomos de inmensas galeras empujadas por esforzados bueyes, recorrimos los polvorientos caminos de La Mancha hasta llegar a Aranjuez, allí me reencontré con mis queridas vías y la Jones Potts con brío me llevó hasta Madrid.
Fui la protagonista en la inauguración del ferrocarril. La reina Isabel II, los ministros, los cortesanos se sirvieron de mi distinguido cobijo para aquel viaje memorable. Luego, al correr de los años la familia real e ilustres personajes se han valido de mis servicios para sus viajes. Cierto es que conforme aumentaba mi edad disminuía la categoría de mis ocupantes. Llegó un momento en no pude competir con los coches de las nuevas generaciones y así, tras un largo deambular por vías apartadas, finalmente recalé en un recinto que llaman museo y allí paso mi jubilación recibiendo de vez en cuando la visita alborozada e inquieta de huestes infantiles.

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