Una fatalidad bastante común. Luis Ramos. http://mori-bundia.blogspot.com/

Pasados algunos años de su marcha a Bilbao, Federico Esparza pudo leer en una de las revistas Vía Libre publicada por la RENFE, que en la ciudad donde había nacido y de la que tuvo que irse por motivos de trabajo, iban a comenzar las obras de remodelación de la entrada del túnel del tren Ruta de la Plata, que hasta ese tiempo cruzaba por el centro de la vieja ciudad y que ahora se iba a adelantar casi un kilómetro con el fin de modernizar y urbanizar la zona, pues se trataba del centro de la ciudad.
La revista añadía que con la mejora se iba a dotar al lugar de un parque infantil encima de la zona remodelada, y que, después de la construcción, tales obras iban a permitir hacer de la ciudad, y de ese espacio en concreto, un lugar presumiblemente más animado y acogedor.
Mientras Federico leía la noticia, recordó el día en que siendo casi un adolescente, y paseando por la cuesta que iba paralela a las vías del tren, justo por debajo de donde ahora querían ubicar la nueva entrada del túnel, pudo ver como un grupo de albañiles corrían asustados hacia una zona de obras, concretamente hacia unas zanjas que se estaban haciendo para la construcción de unas futuras bodegas.
Por lo visto uno de los obreros, ya mayor, casi rondando los sesenta años, decían, había sido sepultado por la tierra que se encontraba apilada de forma bastante insegura al lado de las zanjas.
Según contaban los paisanos que se acercaban, había sido una triste fatalidad y un accidente ocurrido seguramente a causa de una imprudencia o de alguna negligencia típica de la pobre situación que vivían los albañiles en aquellos últimos años cuarenta.
Al día siguiente, los locutores de la radio comentarían que se había tratado de un fallo terrible en la seguridad de la obra, error que se había llevado por delante la vida de aquel viejo trabajador.
Federico pensó en la cantidad de accidentes que tanto en las obras como en las vías había conocido durante su vida profesional, sin embargo también era una realidad que muchas de las empresas a las que les sucedían cosas de este tipo, solían “irse de rositas” sin hacerse cargo de la situación, tanto en aquellos años de la posguerra española como veinticinco años después.
Ahora lejos de su ciudad, Federico, que siempre había sido defensor del avance social, y después de todos esos años, sentía que con su recuerdo estaba haciendo un pequeño homenaje a aquel hombre que de forma tan terrible había perdido la vida asfixiado entre la tierra triste de una obra cualquiera.

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