En la estación de Zamora. Teseo

El taquillero, intrigado, se asomó nuevamente por el ventanuco. Allí seguía envuelta en una especie de poncho, encogida más que sentada en el banco próximo al radiador. Mantenía la mirada fija en un punto indeterminado y su semblante era el resumen de una derrota, de una tristeza inacabable. De vez en cuando daba pequeños sorbos a una botella de agua, que luego depositaba en la mochila acunada en su regazo.
Pronto pasaría el último tren y luego se cerraría la estación hasta la mañana siguiente. Desde la taquilla interrogó a la figura estática y desolada que durante toda la jornada había permanecido en el vestíbulo:
– ¿Desea usted algún billete? Vamos a cerrar
En un susurro, como si temiera romper un encanto de discreción, la mujer respondió:
– Un boleto a Bogotá. No más, señor

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