El tren de cercanías es lo que tiene. Teseo

El tren de cercanías es lo que tiene, al final, o al principio, nos conocemos todos. Hay una coincidencia de horarios y de costumbres que facilitan esa familiaridad distante de los que comparten el limitado espacio del tren que nos lleva o nos trae a diario de nuestras ocupaciones. El insomne que dormita, la coqueta que se vale de los minutos de viaje para maquillarse, el voraz lector de periódicos, el ejecutivo y su ordenador.
Aquella jovencita de pelo castaño leía con avidez un libro de considerable tamaño. Intenté, sin éxito, enterarme de su título o por lo menos de su autor. La observaba con disimulo en el reflejo de la ventana y en algunas ocasiones nuestras miradas se encontraron en ese campo neutral salpicado de paisajes.
Siempre se apeaba en una parada anterior a la mía. Después de algunos días, en los que los encuentros visuales fueron creciendo hasta hacerse adultos, decidí apearme en la misma parada que ella. La seguí hasta la salida de la estación y no se porqué, su andar resuelto me hizo comprender que de alguna manera sabía de mis movimientos. No me atreví a más y en otro tren continué a mi destino.
Al día siguiente creí ver en su mirada un poso de reproche, pero de inmediato abandonó el juego especular por una observación directa, con una sonrisa abierta y sugestiva, como un lujoso envoltorio, que guardaba en regalo espectacular.
Esta vez se invirtieron los papeles, fue ella la que abandonó el tren en la misma estación que yo. Desde entonces se repite este rito. En primavera celebraremos el décimo aniversario.

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