A CARA DE PERRO . Teseo

Cae la tarde, el paisaje es una foto fija teñida de añil, es un instante de equilibrio que fuerzas misteriosas parecen sostener el mundo. Todo se detiene, como una pausa, un reposo para recobrar fuerzas. El aire se suspende sostenido, las hojas trémulas de la acacia detienen su temblor. Olegario declina la azada y mira a su perro alebrado. Sobre el teso se intuye la mancha blanca que hace palidecer el cielo, es un remedo de borrón. Poco a poco, sin que la naturaleza recobre su rigor, la mancha se torna en volutas de contornos grisáceos y allí, donde se inicia la planicie, surge espontánea la locomotora seguida de se corte de vagones. Al instante se oye el estrépito metálico enmarcado de jadeos de vapor. El paisaje arranca en movimiento como azuzando la carrera del perro, que alineado con el tren lo reta en loca galopada siempre fracasada.
Olegario remansa las artes del trabajo, alivia la sed, ordena el retorno del can e inicia el camino de su casa.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historias del tren. Guarda el enlace permanente.