Una cara saludable. Teseo

La misma hora, el mismo tren, el mismo destino. Allí estaba él sentado habitualmente junto a la ventanilla y frente a mí, con ese rostro tan sugerente, tan lleno de promesas, como un amanecer, los carrillos sonrosados, la mirada trasparente como una inspiración. Siempre con esas camisas a cuadros, el desenvuelto pantalón tejado y una carpetilla verde, semejante a un archivador de documentos. Todo indicaba que iba a clase o quizá a algún negocio o actividad profesional, envuelto en ese aura, entre inocente y picarón con su sonrisa luminosa y esos ojos sugerentes invitando siempre a la ensoñación.
Luego de un par de coincidencias la sonrisa tomó aires de conquista usando argumentos de saludo. Era en efecto un rostro que llamaba a la amistad, un rostro dispuesto siempre a saludar y ser saludado, era para mí un rostro saludable.
Pronto empecé a cuidar mi aspecto, mis vestidos, mi peinado, disfrutaba con aquel encuentro diario que de momento se limitaba a esos gestos amigables de reconocimiento.
Un viernes ocurrió algo insospechado, subió al tren como cada mañana, esta vez más endomingado, más detallista en el vestir, rehuyendo mi mirada. Venía si su habitual carpetilla y su mirada ya no trasmitía aquella placidez de otras jornadas, era una mirada, sí hermosa, pero como teñida de enojo, una mirada borrosa que descuadraba todo su rostro. Respondió a mi saludo de una manera forzada, llena de compromiso.
Me llené de una vaga inquietud que alcanzó a amargarme todo el fin de semana hasta que de nuevo el lunes recuperó su rutina sonriente como resurgir del sol después de una tormenta.
El caso es que cada viernes se sucedían los mismos gestos ominosos y esquivos que me tenían desconcertada.
El nuevo inicio de semana vino a resolver la incógnita. Al tren accedieron dos hermanos gemelos, vestidos con idéntica apariencia, solo se distinguían en aquella carpetilla verde y el gesto iluminado en contraste con los mismos rasgos que en replica se tornaban opacos.

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