Desamparados 2. Teseo

Destino Nagpur, rezaba el letrero del tren. Era una suerte haber coincidido con John, un irlandés espigado de cabello pajizo y ojos soñadores. La enorme mochila que portaba le daba un aire inestable y provisional. Además de su idioma, el inglés, se defendía con cierta naturalidad hablando hindí. Andrés, sin su ayuda era incapaz de entenderse con aquellas gentes, fuera del universal lenguaje de los gestos.
Se aposentaron como pudieron en aquel abigarrado y renqueante tren, para un viaje que se prometía interminable. Desde Chandigarh hasta Nagpur la escasa velocidad del convoy y las interminables paradas ponían el destino a más de 48 horas. En cada estación intermedia había un trasiego de viajeros que renovaba parte del pasaje con un ir y venir de maletas, atados, revoltijos y remedos de equipajes. En Delhi tuvieron que estrecharse hasta límites insospechados soportando los empujones de un tumulto invasor apoyado en una pléyade infantil que atronaba con sus risas, cánticos y chillidos. Embutidos en aquella masa, rodeados de enseres y aromatizados con todo tipo de olores, resultaban a todas luces un dúo fuera de lugar, como una mancha en un vestido de fiesta.
Las escenas se repitieron en Agra, esta vez con nocturnidad y alevosía ya que el tren había encontrado un cierto nivel de reposo y sosiego al enfrentarse a la madrugada, cuando volvieron a sentir la invasión de un nuevo trasvase atropellado de inquilinos.
Casi día y medio llevaban soportando aquella interminable itinerancia a la llegada del tren a Bhopal. La inmensa estación estaba engalanada, los altavoces desgranaban discursos opacos intercalados con breves temas musicales. John alcanzó a deducir que en uno de aquellos andenes estaba el cadáver de un santón religioso al que iban a trasladar a Calcuta para la celebración de las honras fúnebres. Al parecer el coche mortuorio se estaba agregando al tren que los trasladaba a Nagpur.
Andrés, picado por la curiosidad y la inquietud, saltó al andén, observó un nutrido grupo de hombres y mujeres que formaban procesión en la cola del convoy, policías y soldados en formación parecían rendir honores en un punto indeterminado de la estación. La megafonía tronaba mensajes plañideros, la muchedumbre se movía a impulsos, arrastrando y despejando como una marea. Un tumulto creciente y multicolor, abigarraba gentes de distinta condición, allí se mezclaban en constante movimiento, burkas con chadores, pañuelos con chilavas, caftanes con melfas, babuchas con sandalias. En un momento dado aquella masa humana que parecía estar en ebullición, arrastró a Andrés al tiempo que observaba aterrado como su tren se ponía en movimiento, sin que sus esfuerzos consiguieran desembarazarle de aquel gentío. Solo entonces percibió su absoluta soledad y desamparo.

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