Desesperados 3. Teseo

Decididamente estaba enamorado de aquella muchacha. La veía cada mañana acceder al tren con su faldita, el suéter ajustado y aquella mirada entre melancólica y procaz. Una mirada de miel o quizá de terciopelo, y el se asombraba de que fuera la causa y no el origen, que fuera la mirada y no los ojos, los que clavaran aquella turbación en su ánimo. Por otro lado tampoco tenía motivos para concretar aquella inquietud, pues ella regateaba el contacto visual con una constante fijación en el piso del vagón.
Un día de abril, con los primeros calores, esos que van despertando naturalezas, la muchacha no encontró otro asiento más que el frontero al suyo. Bien se veía en ella el efecto de la incipiente primavera, emanaba un aroma que parecía destilado de un amanecer. Hasta él llegó, con el saludo, la calidez embriagada de su aliento, los labios bermellones entreabiertos, la turbación de un encuentro primerizo, el leve temblor, acompasado con el tren, de sus rodillas cristalinas, la agitación del pecho, tan sugerente, tan próximo y tan vedado.
Se revolvió no encontrando asiento bastante para su resolución, para salvar el nervio de una primera charla informal, para poner cimientos al impulso agitado que le desvelaba, para dar en fin el salto mortal que le llevara al círculo del amor.
Pensaba un frase casual, ingeniosa o simplemente torpe con la que romper la distancia tan próxima como insalvable que los separaba, cuando el tren fatalmente y sin que existiera precedente conocido, hizo entrada puntual en la estación de su destino.

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