Clara Muñoz. Teseo

Algunas tardes se aburre, tiene poco que hacer. Vivir en soledad tiene esos condicionantes, además, a su edad, pasados y crecidos los cincuenta, se adoptan unos roles, muchos los llaman manías, que desplegados como un rito, a penas dan para gastar media tarde. Luego el pueblo, la convivencia cerrada de su pequeña localidad, el límite agobiante de relaciones, los repasos manoseados de dimes y diretes vecinales y el espacio constreñido.
Clara Muñoz era pasablemente feliz en su soltería, engañada por la libertad aburrida de sus ritmos a los que se abría una puerta de ilusión cada jueves y cada sábado. Se engañaba a si misma hasta que la realidad vino a demostrarle que sus semanas, sus meses, estaban encerrados en esos dos días, el resto era un pasar, un paréntesis necesario y absurdo que finalmente destilaban esas dos jornadas cuajadas de plenitud.
Ahora todo era diferente, del calendario habían huido esas fechas tintadas de rojo festivo para enlutarse de un gris ceniciento y anodino. Aun así, siguiendo su arraigada costumbre y como si nada hubiera pasado, a primera hora de la mañana se encaminó lentamente hasta la estación. Las dependencias estaban cerradas, la boca del portón de entrada, ceñida como una mala premonición, los ojos de los ventanales cegados por los cuarterones y en el andén la herida aun viva y sangrante de cemento del reloj y la campana amputados. Briznas verdes comenzaban a señorear en los confines del andén y entre las traviesas.
Sentados en poyete estaba Toñín, el estudiante, Matías, el de la tienda y Juana, la paciente constante, siempre necesitada de cuidados médicos, siempre citada por especialistas, siempre padeciendo aquella salud quebrantada.
Se juntaron sin hablar, habían acudido a los usos de cada día atraídos como por un imán aun a sabiendas de su engaño. Ya no habría más tren, ya no más viajes. Cercenado como por el tajo de un destral se acabó el ir al instituto, llegarse a la ciudad a reponer mercancía o desplazarse hasta la clínica al reclamo de un paciente doctor o un remedio inseguro.
Allí quedaron los cuatro como arrumbados, barcos en puerto seco, abandonados a la espera de un milagro, atentos al pitido de una locomotora que jamás iba a llegar.
Y ella, ella no viajaba, ella solo aguardaba, ella cifraba todo su ser en aquel estrépito de hierros y de humo del que como si fuera una aparición descendía cada martes y cada jueves su gran amor. Clavó la mirada en el horizonte para adormecer la angustia. En aquellos viajes tan violenta e injustamente clausurados ella siempre era receptora, por imposición de los horarios de los trenes, ella era la parte pasiva, la que esperaba, la que recibía y no era posible invertir los papeles, ni siquiera buscar otro medio de locomoción.
Bien visto, pensó con añoranza, aquel era un papel de compensación, una balanza que luego al llegar a casa, al tomar su mano y posar sus labios sobre los ojos amados, sobre los labios añorados y rodear la cintura de Lola, todo se invertía. Como ahora, sintió con pavor, todo giraba hasta hundirse que la incertidumbre de un tren que no llegaba ni llegaría jamás.

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