VIAJE DE UN FIN DE SEMANA DE ACAMPADA A TRAVÉS DEL TREN. María Antonia Otero Seisdedos

Una pandilla de amigos, fin de semana, jóvenes con muchas ilusiones, verano y mucho calor; gente estudiante y trabajadora con poco dinero para gastar, pero con muchas ganas de divertirse, de estar juntos y en comunión con la naturaleza, árboles rio y mucho espacio. Una noche fuera de casa era mucho en los tiempos que vivían estos jóvenes dónde la presión familiar era todavía muy exigente con ellos y muy en especial con las chicas.

Un fin de semana fuera de casa, en libertad, sin ojos que los observen, en compañía unos de otros, un sitio donde comportarse como cada uno de ellos sintiera, donde dormir juntos chicos y chicas, sin una pared por el medio y con el respeto, equivocados o no, de unos por los otros.

Llego el sábado por la tarde, después de salir de trabajar y con el tiempo justo para llegar a casa y preparar lo que necesitan para la acampada; sus madres ya les habían preparado la comida y bajaron, ya casi corriendo, hacia la estación de tren; donde allí también se encuentraban otras pandas de jóvenes con la misma idea de pasar el fin de semana en el campo. Como era una ciudad pequeña todos se conocían y alborotaban un poco, saludándose unos y otros.

En esto, el tren, se iba acercando lentamente, para llevarlos a su destino, tres o cuatro paradas más allá. Al subir al tren, todos querían subir al mismo tiempo, llenos de vitalidad, se arremolinaban unos con otros, bajando sus mochilas de los hombros para dejarlas en el suelo, y seguir saludando a los demás, entre risas y bromas.

El tren pasaba por algunos pueblos pequeñitos, iba despacio, quejándose un poco y moviéndose acompasadamente, chirriaban sus engranajes, cansado de subir y bajar siempre haciendo la misma ruta, siempre viendo los mismos paisajes. Muchos kilómetros de andadura y ya iba pidiendo descansar en algún lugar, en un parque de cualquier ciudad por las que había pasado tantas veces.

Pero los chicos que al tren se subieron, no pensaban en nada más que en llegar al apeadero, donde el tren pararía y mochilas al hombro bajarían todos en busca del lugar donde cada grupo ya tenía por costumbre poner la tienda.

En el grupo donde iban los personajes de ésta historia se encontraban dos amigos Juan y Rosa, ya llevaban siendo amigos varios años, se querían y se respetaban mutuamente, nada hacía pensar que uno de ellos se estaba enamorando del otro. Rosa, calladamente en su interior venía sintiendo que poco a poco Juan iba calando en su corazón y cada vez le era más difícil, ocultar sus sentimientos.

Aquella noche no habían ido más que cinco amigos en total, Marga, Álvaro, Carlos Rosa y Juan. Después de cenar, una vez preparadas las tiendas, sentados en el suelo y tapados con las mantas, el grupo estuvo un rato charlando, sientiendo la brisa al lado del río y mirando las estrellas, que al no haber luz relucían especialmente. Pero todos estaban cansados, habían trabajado todo el día y el sueño poco a poco hacía presa de ellos. En una tienda se metieron Marga, Carlos y Álvaro. Rosa y Juan se quedaron un rato mas hablando y al final se metieron los dos en la segunda tienda.

Juan no tardó en dormirse, pero Rosa daba vueltas sin poder conciliar el sueño. Sus pensamientos iban y venían ¿qué podía hacer ella para que Juan supiera de alguna manera lo que sentía por él? Tampoco quería forzar una situación en la que luego su amistad quedara resentida, ella no quería de ninguna manera perderlo; Al fin la rindió el sueño. Se despertó con la claridad que entraba a través de la lona de la tienda, Juan dormía aún y Rosa lo miraba y sin apenas darse cuenta su mano comenzó a resbalar casi sin rozarlo a lo largo de su brazo desnudo lentamente y Juan que en ese momento comenzaba a despertar, se quedó quieto, no se atrevía ni a respirar, con los ojos cerrados, sintiendo el contacto apenas perceptible de su mano. Le hubiera sido muy fácil aprovechar el momento, darse la vuelta y dejarse querer, pero se quedó quieto, siguió haciéndose el dormido y no quiso hacer daño a Rosa, la quería mucho pero no estaba enamorado y no quería herirla. Rosa como mujer que era, comprendió que Juan no estaba dormido y que era la forma de decirle que no sentía lo mismo.

Cuando el sol salió detrás de las montañas y el calor se les hizo insoportable, todo el mundo salió de las tiendas, todos directos al agua. Tenían que enderezar los músculos y estirar las piernas y nada había mejor que un buen baño antes de desayunar.

El día trascurrió entre baños, risas, juegos, bromas y sin darse cuenta llegó la hora de recoger todos los utensilios que habían llevado la noche anterior, meterlas en las mochilas, levantar las tiendas y marchar todos caminando hacia el apeadero. En poco tiempo el tren que el día anterior los había dejado para pasar la noche, ahora regresaba a recogerlos para devolverlos a su pequeña ciudad.

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