LA ESTACIÓN . JOSÉ FLORÍN

A mi tío Antonio G.

Cuando llegamos, lo primero que nos llamó la atención, fue lo realmente grande que era la vieja estación de Raquel. Pues así la llamábamos por estar al lado de su casa, aunque yo todavía no la conociera. Todo era enorme, realmente impresionaba; pero había algo que enseguida me llamó la atención, que colocado de forma estratégica, sobresalía de la pared, un antiguo y precioso reloj de esfera blanca amarillenta, con grandes manillas negras encima de las antiguas taquillas.
Después de sacar los billetes hacia Suiza, estuvimos dando una vuelta viéndolo todo antes de que partiera el tren. Descubrimos que había más de una entrada, no solo por la que accedimos nosotros, que era menos vistosa y estaba en un callejón escondido. “Luego averiguamos que era un pequeño atajo por donde accedía el personal empleado”.
Pero cuando vimos la entrada principal, nos impresionó la altura enorme que tenía y la antigua decoración, no sé de que estilo, pero realmente fascinante, con sus grandes columnas y una enorme vidriera de fabulosos colores en los que destacaba el rojo, con detalles de pasajeros bajando del tren, en el andén de una estación más antigua aún, y que resultó no ser esta.
Ya faltando poco para la partida, me comentó un florista de la estación, que le sonaba haber oído, ser el primer proyecto que se realizó, pero que a causa de la guerra no se llevó a cabo.
Lo que verdaderamente me cautivó, fue la cafetería, conservaba ese aroma a café de mis juegos infantiles; ya que me crié en un pequeñísimo pueblo, en donde la docena de casas de que constaba, como abrazándola, rodeaban una también antigua estación de tren. En cuya cafetería siempre se estaba caliente y con ese olor a café que mi nariz todavía añora. Donde una vez por semana mi tío, conmigo y mi primo a lomos de la mula, se acercaba con la antigua carreta, y nos descargaban unas enormes sacas de correo, para repartir primero en Malpartida de Plasencia, y luego por varios pequeños pueblos de alrededor.
Porque otra cosa no venía. Casi nadie llegaba, solo partíamos… —Y ahora, caprichos del destino, muchos queremos volver—.
Y sin darme apenas cuenta, avisaron por megafonía de la salida de nuestro tren en breves minutos. Apurando el café y aquel olor a estación, nos despedimos de Raquel.
Por fin comenzaba nuestra aventura anhelada…

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