PONERSE EN SITUACIÓN. TESEO. Fotografía Paz Mateos

Al entrar en el departamento Jaime volvió a tropezarse con Ricardo. Ya en el vestíbulo de la estación, e incluso en el andén, había reparado en su presencia. Con disimulo, procuró escapar de su campo de visión. Para nada le apetecía hacer el viaje soportando el engreído carácter de su antiguo colega. Además, y eso lo sabía, con un punto de resquemor, a Ricardo le iban muy bien las cosas profesionalmente, mientras el iba tirando de un modo gris y anodino.
Su amigo ejercía de profesor agregado en la Universidad y con un elemental talento, a su juicio, y un exceso de fortuna, se dedicaba a demás a escribir novelas de fondo histórico, o como él le había comentado historia narrada con técnica de novela.
El caso es que fuera como fuera, cada vez que se encontraban solo un tema recurrente dominaba sus conversaciones y este era su profesión literaria, que a tenor de los ingresos que ya le reportaban, podía considerarse como principal y la docente como secundaria.
Por eso, al entrar en el departamento y ver al escritor junto a la ventana un malestar se le alojó en la boca del estómago y a punto estuvo de manifestarse también en la boca del rostro. Saludó afectando pretendida alegría. Sabiendo y temiendo el curso de la inminente conversación, desplegó un par de temas disuasorios que a su pesar le fueron devueltos con apóstrofes que ya señalaban la ruta dialéctica que le aguardaba hasta Madrid.
Ricardo, dispuesto a jugar solo en su campo, le enumeró sus últimos éxitos, el reconocimiento social, los rendimientos trimestrales y la guinda que coronaba el pastel: una entrevista a toda página en el suplemento literario de El País. Precisamente, y ya es casualidad, llevaba una fotocopia en el portafolios. Jaime escuchaba anegado por una furia interior que, en lo más íntimo, achacó a la envidia. Aun así procuraba comportarse con cortesía, dando muestras de un distraído interés, intercalando en el discurso de su amigo algún monosílabo suelto y preguntas intranscendentes. En un momento dado se interesó por su técnica de trabajo, no dejando de sorprenderle que todo se resumía en escribir al buen tun tun, es decir, que enfrentado al ordenador dejaba que la trama, las frases y las ideas fueran fluyendo sin ningún propósito determinado, avanzando así por la intricada selva literaria, despejando, desbrozando, abriendo caminos que dos renglones antes ni siquiera imaginaba, hasta alcanzar pasajes y conclusiones sorprendentes, que por serlo para él lo eran también para los lectores y en ese punto radicaba todo su éxito.
Solo una duda se planteaba Ricardo ante los primeros folios en blanco. Esta se concretaba en la forma de ponerse en situación. Aclaró rápidamente que en ese arranque tenía que resolver si redactaba en primera, segunda o tercera persona. Jaime no encontró diferencias sustanciales en las dos últimas modalidades, pero se cayó por prudencia para acotar la perorata del compañero. Aun así no quedaba claro que se entendía por ponerse en situación. Ricardo le aclaró:
– Imagina que tengo que escribir sobre un ajusticiado. Puedo ponerme en la piel del verdugo y tratar de alcanzar los inevitables y controvertidos pensamientos de ese hombre ante un acto tan brutal. Tiene que dar muerte a un ser humano, y aunque sea un funcionario de la muerte, no solo en ese momento, sino mucho antes, horas y días, o mucho después, quizá todo lo que le resta de vida, la ejecución domine su subconsciente para instalarse en la parte más consciente de su memoria, aflorando a todas horas en la inquieta superficie de su identidad plena. –
-Es un trago tremendo. Admitió Jaime.
Su amigo volvió a la carga:
– Pero imagina que también puedo asumir la identidad del condenado, asimilar su angustia, sus pensamientos, el desplome de toda esperanza desde que sabe la pena que ha de sufrir. Las últimas horas, tan lentas y tan eternas. Hay que hacer un enorme esfuerzo mental para ponerse en esa situación, y logrado, manteniéndola fresca, ponerse a escribir dando plena libertad a las ideas.
– Admito que no es fácil posicionarse.
– Aun hay más – afirmó Ricardo- Quiero decir que pueden existir otros puntos de vista, otros enfoques desde los que desarrollar la trama. Así está el esquemático, el que describe la escena como las imágenes de una película. Las emociones solo son externas. Puede decirse que es una impresión periodística. Los testigos del acto, el propio juez sancionador, si es que asiste, puede que algún familiar y todo lo que se te ocurra. Son visiones y análisis personales que puedo utilizar. La cuestión está en acertar con esa puesta en situación y una vez seleccionada, seleccionar a su vez el tipo de narración: reflexiva, esquemática, acción constante, descriptiva u opaca, con diálogos escasos o abundantes etc. En fin una serie de artilugios, digamos técnicos, que no se abandonaran en la narración estructurada.
Desde la ventanilla Jaime veía en sucesión las primeras viviendas madrileñas. Era una lástima porque empezaba a interesarse por el diálogo de su amigo.
– Entonces, si existe todo ese periodo reflexivo previo, el hecho de redactar no es tan improvisado como dices.
– Si lo es, la imaginación es como un caballo desbocado, nunca sabes que rumbo va a tomar, por ello solo procuro acotar su campo de acción, para que no se me disperse. Ahora mismo, por ejemplo, la imaginación fluye libremente entre nosotros, es más rápida que este tren que nos traslada y ¿quién te dice a ti, que este diálogo que acabamos de mantener, no es más que la elucubración de un escritor, y que nosotros solo somos unos simples personajes de ficción?

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