NO TE ENAMORES DEL HIJO DE UN FERROVIARIO. JAVIER PEÑAS NAVARRO

No te enamores del hijo de un ferroviario,
no vaya a ser poeta, pastor de raíles,
guardabarrera de sueños que lee en su garita,
y la noche te sorprenda surcando Las Landas
en un wagon-lit de tenues lucecillas
que encogen la cintura en los cambios de agujas.
No te enamores, no, que en la vieja Austerlitz
finiquitó una guerra y a ti no te incumben
lides que al auscultar el fragor de los pulsos
trepidan más fuertes que zarcillos de hiedra;
ni te atañen las viñas que dulces aduermen
los ojos: ebriedad de un amor que sólo envejece
por mor de maderas selectas. Que no te esclavice
en su argolla impecable el vino preservado de sol,
por más que en su brindis se afirme que la ínfima luz
es paso a mayor luz, como ocurre en los túneles,
rayo fulminante acogido por un vívido pecho
dispuesto a recibir la candente hendidura.
Hijo de ferroviario: ¿hay acaso algo más peregrino?;
cantan sus ojos las mañanas, el rocío, los postes,
no para en pensiones ni se espeja en los charcos,
nada posee sino su mirada encendida, y un misterio
a nada abonado, de nada pendiente, tan solo
misterio de música como un ladrón de estrellas.
Ay, no, enamorarse del hijo de un ferroviario,
amanecer entre la bruma de gabarras del Sena
y asir, con un órfico abrazo, apretando bien fuerte,
ensoñar otra luz, otra vida injertada en tus labios…
Ah, no. Eso no.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historias del tren. Guarda el enlace permanente.