VIOLETA. MINAYA

VIOLETA

El tren llegó puntual. Quería enfadarme con él; no lo permitió. Abandoné la estación de A Gudiña con mi frustrado deseo de estar esquiando en Manzaneda, y este viaje de visita familiar era un fastidio.

Busqué un asiento solitario. Miraba, nostálgica, cómo caía blandamente la nieve fuera, cuando un anciano se acomodó, feliz, frente a mí.

– Es bonito su pañuelo.

No tenía intención siquiera de contestar. Miré hacia él. Un hombre delgado, menudo, con un impecable traje gris y una graciosa pajarita. Del color de mi pañuelo. Violeta. Sonreía, apacible.

Contemplábamos los dos el paisaje blanco y gris. Al cruzar los túneles de los puertos de montaña, el cristal reflejaba su figura, erguida y serena.

El paisaje cambió, repentino. Campos inmensos, el sol iluminando aún la transparente tarde invernal.

Exhaló un suspiro, casi hecho de silencio.

– ¡Castilla, luminosa y abierta!

Sonreí, recordando mis primeros días en Galicia. Esa misma emoción cuando llegaba a tierras zamoranas; cómo mi pecho se expandía al dejar atrás esas tierras de montaña, anhelando llegar y tomar unas cañas, perdida en la dorada zona antigua salmantina.

En la estación de Zamora los dos saltamos ágilmente hacia el andén. Él, caballeroso, besó mi mano y marchó hacia un taxi.

Caminé, distraída, hacia la estación de autobuses, rodeada de una calma feliz y violeta.

Minaya.

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