NOTICIA. MINAYA. Fotografía Paz Mateos

NOTICIA

Ya había hojeado el periódico local, de la última a la primera página, como siempre; miré el gran reloj situado en el andén. Hora y media de espera hasta la llegada de nuestro tren.
La peque, aburrida, deambulaba por el bar. Se acercó al camarero y le pidió un vaso de agua. Me miró, con unas enormes ganas de gritar: “tranquila, es gratis”. Para evitarlo, asentí. Junto a ella, en la barra, estaba sentado un joven, que en ese momento se quitaba la gorra y sus gafas de sol. Le sonreí, me resultaba conocido. Poco probable, en este lugar remoto.
Mi mano, indiscreta e irreflexiva, buscó en el periódico. Allí estaba. Sección, noticias nacionales. Dos presuntos asesinos, buscados incansablemente por todo el país. Miré con atención la foto. Pelo negro y corto, al estilo de un suave cachorrillo. Los ojos claros miraban fijamente a la cámara, mientras abría la puerta de un coche rojo. El trazado de sus cejas, inconfundible. Su labio inferior, grueso y sensual. El mentón pronunciado. No me daba cuenta, pero esta operación de reconocimiento la había hecho mirándole a él y al periódico alternativamente.
Cerré con rapidez el diario, lo aparté como si quemara. Julia seguía allí, haciendo gorgoritos en el agua, con una pajita ofrecida amablemente por el aburrido camarero.
Él ya no estaba.
Cogí la maleta, en la otra mano a la niña, y salí por una puerta lateral hacia la calle. Julia protestaba, interrumpí sus divertidas gárgaras. Paseé la maleta y a la niña por un tiempo, mientras me reconvenía por mi delirante imaginación. Y además, acaso, ¿He de juzgar yo vidas tan ajenas?
Caminé resueltamente hacia una peluquería. La dueña del local se acercó, amable. Liberé de lazos mi rizado pelo, pedí una melena lisa.
Me relajé mientras lo lavaba. Vaya neurótica. Cómo me iba a reír cuando llegara a casa.
Ya pagando, la niña se hacía pis. “Hay un servicio, puede entrar”, me indicó la peluquera. La miré. “Podemos ponernos un poco presentables, estamos sudorosas” le respondí, sonriendo.
Me ayudó, amablemente, a meter la maleta en el reducido baño.
Al salir, nos miró sorprendida. Habíamos sustituido las playeras, camisetas y pantalones cortos por unos primorosos vestidos. La niña, con su rubia melena suelta, yo subida a unas sandalias de vértigo. “Vais a seducirlo por igual”, nos dijo algo admirada.
Con el tiempo muy justo, subimos al tren y buscamos nuestros asientos. La niña, protestando por el asfixiante vestido, se rindió finalmente y leyó en su libro de cuentos.
Yo miraba la pantalla del televisor, comenzaba una película. En el asiento que quedaba bajo ella, iba él sentado. No nos miraba. Llevaba su gorra y gafas de sol. En su oreja, pegado un teléfono móvil, aunque no hablaba, escuchaba.
Aparté la mirada, saqué un libro de bolsillo. Vaya vestido, me apretaba, me ahogaba. A pesar del subido aire acondicionado, sudaba.
Una paisana del lugar se sentó junto a él; le contó detalladamente a dónde iba y por qué. También le preguntó por su camino. “Aún no lo tengo claro”, contestó.
Mi maleta seguía allí, en el pasillo. La niña se hacía pis de nuevo. La llevé hacia el baño. En ese momento, paró el tren. Cogí la maleta y le dije a Julia: “Fin del trayecto, peque”. Bajamos las dos precipitadamente. El tren se alejó con rapidez.
Un pueblo pequeño y tranquilo. El dueño del bar era también el taxista. Le dije el destino de nuestro viaje. Él, contento, regaló a la niña unas gafas de sol infantiles, olvidadas por algún turista, y me ofreció la prensa del día. “No, gracias; ya la he leído”.

Minaya.

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