VÍAS PARALELAS. Charo Alonso.

Te hablo, me contestas: me dices y me cuentas, me escuchas sin oírme y dejamos las tazas de café en un solo gesto sobre la misma barra perpendicular al cuerpo. Nuestro viaje continúa en una sucesión de vías paralelas. No hay traviesas entre medias, no se rozan las ruedas que continúan impertérritas. El tiempo pasan y las estaciones se suceden, llueve, hace viento, calor y niebla fría, ahí estamos, hacia delante en un solo movimiento, paralelos siempre, en el desolador pitido del diario, del cotidiano afán hacia la estación del día. Paralelos siempre.

El viaje se detiene y recomienza, no hay sorpresas ni cambio de agujas, bajan y suben nuestros afanes en la misma estación, en el mismo instante detenido en el que se para el tren con un resoplido eléctrico que extraña el vapor y la carbonilla. Siempre igual, el día se inicia entre estertores y finaliza con una despedida fugaz… ahí dejamos de ser paralelos, tú tomas una carretera y yo la otra. Tú corres en distinta dirección y yo extraño el constante rumor de tu presencia. Acaba la jornada laboral y cada uno se marcha por su lado, las vías paralelas se separan en una curva elegante de acero desgastado. Son tantas las horas que permanecemos unidos y separados que no sé que hacer con mi pitido de estación estrenada, mi nuevo paisaje de piedras aristadas, la cuneta feroz del descampado. Quiero volver a subirme a lomos de una máquina que me lleva cada día por la cotidiana vía compartida, desesperadamente paralela, Sísifo y Tántalo en separada comunión contigo… vuelta otra vez la burra al trigo, la insatisfecha, infértil reunión de dos soledades paralelas que se hablan, se contestan, se sienten y se acercan con la misma constancia con la que las vías del tren continúan, infinitamente, sin esperanza alguna de fundirse en la línea del horizonte.

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