NO SE LO DIGAS A NADIE. Teseo

El tren bufaba, parecía que marchaba a trancos sobre una superficie accidentada. De vez en cuando un tirón desperezado, otras veces se contenía por sorpresa como si percibiera una amenaza. Julián, pegado al cristal de la ventanilla, se esforzaba por mantener el dial fugitivo de su pequeño transistor, a cada curva, en cada túnel, la sintonía se evaporaba. Un tropel de ruidos y quejumbres sustituían al rítmico canturreo de los niños de la lotería. Por un misterioso azar los números y sus premios, repetidos con machacona insistencia, eran como una letanía acompasada al traqueteo del tren.
En el bolsillo superior de la chaqueta llevaba bien ordenados algunos décimos del sorteo, pero a efectos prácticos, en la mano izquierda sostenía una relación, también meticulosamente ordenada, de los números que jugaba. Con mucho esfuerzo trataba de ir comprobando los que cantaban con los de su lista, hasta que finalmente, perdida del todo la sintonía, cayó en una especie de ensoñación, a caballo entre la vigilia y el sueño, que conectada mágicamente con el salón de loterías, le dio a entender que había ganado el premio gordo, la serie y la centena.
Se sobresaltó con un júbilo teñido de inquietud. ¿Qué iba a hacer con aquella fabulosa cantidad de dinero? Como hombre práctico, ordenado y al tiempo humilde, empezó a mentalizar las compras, primero imperiosas, luego necesarias, para desembocar después en las dispendiosas. Una idea le asaltó en pleno derroche, tenía que ser cauto, no decir a nadie el origen de su fortuna, dar la impresión que esta provenía de ignotas habilidades personales ,de negocios opacos, de operaciones financieras, de cualquier cosa que trucara el origen de los caudales, de modo que abrigara sobre si todo el mérito económico.
La digresión onírica le hacía ya entrando triunfal en su hogar y como en una película de misterio se veía a si mismo llevando en un aparte reservado a su mujer y con una discreción monacal hacerle partícipe de la gran noticia, junto con el proyectado secreto. ¡No se lo digas a nadie!, exclamaba exultante. Ni que decir tiene que la mujer, ante tan tremendo, acontecimiento daba por bueno cualquier capricho de su esposo, incluso lo consideraba muy juicioso, pero con una salvedad: había que poner al tanto a sus dos hijos ¿Cómo explicar si no tan tremendo cambio de fortuna? Julián entendió que ello además de inevitable era necesario (pensaba obsequiarles con una importante cantidad), y ello le llevó a considerar, que sus hijos, en el mismo trance, algo habrían de decir a sus esposas, de lo que deslizándose por la pendiente de las suposiciones, estas pasarían con reserva la noticia a sus mamás, quienes no podrían ocultarla a sus maridos, ni estos a sus hijos, ni a cuñados, abuelas, colegas y amigos de vecindad.
Julián despertó sobresaltado en un respingo del tren y tirando a la papelera la relación de números expectantes se dijo para sí: mejor que no me toque nada.

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