EL ESTRAPERLISTA. Teseo

Cada poco tiempo, Fulgencio, un joven espigado, de mirada traviesa y sonrisa socarrona, tomaba el semidirecto en la estación madrileña de Príncipe Pío, para encaminarse a Salamanca. Era un estudiante aprovechado a quien la escasez de recursos familiares le obligaban a cursar la carrera de medicina en al Facultad de Salamanca, ya que allí se valía de la oportunidad de unos familiares maternos que además de darle acogida se cuidaban de atenderle en todo lo necesario.
Aun así, bien sea por añoranza de la casa paterna, bien por sentir la ausencia de una medio novia que tenía en Madrid, rara era la semana que no viajaba entre las dos capitales. La cosa tenía su mérito ya que el importe de los billetes era casi disuasorio, máxime en aquella época de penurias, de hambrunas atrasadas, carestías y cartillas de racionamiento.
Sabido es que cuando los capitalinos viajaban a provincias procuraban proveerse de algunos alimentos que escaseaban en la corte, actividad esta muy controlada y perseguida por la guardia civil, lo que hacía extremar tanto la prudencia como la audacia de los viajeros.
Fulgencio a pesar de ello mantenía su ritmo de viajes semanales. Su equipaje estaba compuesto por una especie de gran arcón de madera con asidero y un pequeño maletín a cuadros de gutapercha. Cuando yo le conocí regresaba de Salamanca y por lo que deduje el maletín, de aspecto liviano, parecía repleto a rebosar. A su lado el gran arcón que semejaba el estuche de violonchelo. A la altura de Villalba me hizo un gesto de complicidad y sacando de su gabán una tiza blanca escribió en la gastada madera del arcón la palabra ESQUELETO.
Como era de esperar a la llegada a Madrid los guardias civiles se dedicaban a inspeccionar los equipajes de los viajeros para impedir cualquier contrabando alimenticio. Uno de ellos se dirigió rápidamente a mi amigo y con gesto un tanto airado le preguntó:
-¿Qué lleva usted ahí?- señalando el arcón
Fulgencio sin inmutarse le explicó que era estudiante de medicina en Salamanca y que venía de unos exámenes de anatomía, para lo cual era portador del esqueleto, como muy bien se anunciaba en el letrero. Se armó un pequeño alboroto entre los viajeros que cortó el guardia con autoridad. Desconfiado mandó abrir el recipiente, mi amigo dejó expedito un portillo por el que metió la mano el civil. Extrajo un fémur, lo que le hizo dar un respingo y soltarlo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El público expectante soltó una exclamación y dio un paso atrás.
El guardia inquieto e indignado indicó que siguiéramos nuestro camino al tiempo que echaba pestes contra los estudiantes, la medicina y el libre tránsito de esqueletos.
Cuando nos despedimos Fulgencio me confesó que en el arcón llevaba un par de fémur, una tibia y una calavera. También que el doble fondo iba repleto de garbanzos. Además y con los nervios el guardia se olvidó reconocer el maletín donde trasportaba unas longanizas y un par de hogazas de pan. El caso es que mi amigo Fulgencio, siendo tan buen estudiante, repetía cada semana el examen de anatomía sin conseguir convencer al catedrático de sus progresos.

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