ASAMBLEA DE EQUIPAJES (2). Teseo

-¿Qué objeto es ese?, demandó el baúl claveteado.
– No se, – dijo un poco cortada la maleta-, para mi que se trata de un látigo. Un látigo breve, de fuerte empuñadura que al otro extremo se desgarra, como una nervadura en seis o siete ramificaciones de badana rematadas con un boliche del mismo material.
– ¿Ya para que necesita tu dueño, que según dices es un conocido médico, este instrumento de flagelo? Esta vez era un baúl completamente metálico, que soportaba sobre sí el peso de una serie de cajones de madera apilados, el que quería satisfacer su curiosidad.
La maleta del galeno respondió que eso era precisamente lo que la intrigaba, nunca en sus viajes anteriores había conocido semejante artilugio y por más que especulaba no encontraba la razón por la que su dueño lo adjuntaba a sus pertenencias.
– Será para domar alguna fiera – dijo jocosa una valija del rincón.
– Yo se que algunos humanos usan estos instrumentos para disciplinarse por motivos religiosos – Esta vez la intervención vino de un baúl de semblante austero en cuyo frontal estaba escrita la dirección de una congregación religiosa.
– no creo que esa sea la razón. Mi dueño es bastante descreído, es más, se que es tan conocido por su ciencia como por su carácter alegre y mundano.
El tren se adentraba ahora con más reposo en tierras vascongadas, sucesivas curvas, estribaciones y túneles imponían a su marcha un atenuado progreso. En el vagón de equipajes el cambio de ritmo se tradujo en una menor trepidación, al tiempo que ligeros e imperceptibles desplazamientos laterales obligaban a la carga a un reajuste permanente, ciñéndose al peralte de las curvas.
Casi como acomodándose una enorme caja prismática, encajada entre dos maletas de cuero, dio su opinión, con una vocecilla un poco cursi, acerca de las cosas extrañas que en ocasiones los dueños introducían el los equipajes. Aclaró que ella se trataba en realidad de una sombrerera, que su dueña, una ya casi anciana y venerable señora, cercana a la nobleza, la había utilizado desde tiempo inmemorial para guardar y trasladar ostentosos sombreros que luego luciría en fiestas de sociedad. En esta ocasión intuía que viajaba sola. Una etiqueta la identificaba tanto en origen como en destino y en letras grandes, sobre su tapa circular estaba inscrito “Instituto Pasteur”
Acostumbrada a viajes exóticos, a hoteles de lujo, a salones y palacios, en esta ocasión una inquietud premonitoria la agobiaba. Por un lado señaló que, contra lo que era habitual, no la acompañaban el resto de equipajes que de ordinario formaban el séquito de la gran señora. Por otro, ella si que podía manifestar con toda la razón del mundo que su contenido era no solo extraño sino también misterioso y repugnante.
– Tu que ofreces tan buen porte, tan esplendida apariencia, tan hecha y acostumbrada a contener pamelas y oropeles. ¿Qué llevas que tanto te inquieta?- volvió a intervenir el baúl claveteado.
– Pues…, – dudó un instante, y con voz apagada, al tiempo que en sintonía se hacía una oscuridad total en el vagón por estar atravesando el tren un túnel- Pues. Llevó una cabeza de perro cubierta de hielo.

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