ASAMBLEA DE EQUIPAJES (3). Teseo

Aquella afirmación dejó en suspenso a toda la asamblea, no podemos decir que se miraran unos a otros con inquietud, pues de sobra es sabido que estos bártulos que viajan en los vagones para equipajes carecen de ojos, además de que el hilo de la narración sitúa la escena en medio de un túnel, es decir en medio de una ciega oscuridad.
Poco después el tren se detuvo un instante en San Sebastián. El arcón claveteado interrogó con energía a la sombrerera:
– ¿Estás segura que es una cabeza de perro?, probablemente estará disecada.
– No está disecada. Han forrado todo mi interior con plásticos y hules y luego cubierta de hielos metieron la cabeza del perro.
– Será que tu dueña la envía para que la disequen.
– Mi señora jamás ha tenido perro, es más los odia.
– Pues no me lo explico – comentó un maletín de tonos grises y azulados.
– En verdad que estos humanos son seres extraños y que con sus manías nos contaminan al hacer que transportemos cosas ajenas a nuestro cometido. ¡Una cabeza de perro, que asco¡
– No seas tan tiquismiquis. – Manifestó una enorme caja tachonada de flejes – Yo misma en mi interior albergo algo parecido, que sin embargo, estoy seguro que a nadie ha de causar alarma.
– ¿Qué quieres decir?- preguntó una bujeta que estaba al otro extremo.
– Sencillamente que en mi interior está acomodas y en perfecto orden unas docenas de pieles de distintos animales: zorro, conejo, chinchillas y otras que desconozco. ¿Qué diferencia hay entre una cabeza congelada y unas pieles curtidas?
Ciertamente – dijo una vieja petaca- a veces las repulsiones y las manías son atávicas e irrazonables. Carecen de lógica.
El baulón volvió a intervenir: pareces muy redicha y enterada. Será por los años que tienes. Jeje.
– Efectivamente, ya tengo mis años. Fui durante muchos años el maletín de un sabio profesor de la universidad de Salamanca. En mi se albergaron documentos, estudios y trabajos de mucha ciencia. Con los años dejé de ser útil y llegué a dar con mis pliegues a un chamarilero, donde ayer, viernes, a última hora de la tarde fui adquirida con cierta precipitación por un caballero que me llenó de viejos papeles y un par de camisas y aquí estoy sin saber cual es mi destino.
– ¿A qué llamas viejos papeles?
– Pues a unos rectangulares impresos por ambas caras, muy manoseados, que la gente llama dinero. Mi nuevo dueño es experto en esta materia ya que es cajero de un banco.

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