LA IMPORTANCIA DE LOS DETALLES. Teseo

Esta no es una historia, ni siquiera es un cuento, es como mucho una reflexión inoportuna acerca del carácter femenino. Digo esto porque más de una vez he tenido la impresión de que las damas dan una excesiva importancia a los detalles. Preparan por ejemplo una comida para invitados, disponer manteles, bajillas y cubiertos, es todo un tratado de despliegue de detalles. Nada puede faltar, pero esa premisa llega muchas veces al agobio, tantas menudencias, tantos detallitos, terminan por menguar el objeto sustantivo. Y no digamos con los adornos, aderezos, complementos y añadidos que despliegan antes de una puesta en servicio vistosa.
Viajaba yo una tarde camino de Madrid, bien acomodado en uno de esos departamentos en que entonces se dividían los coches de viajeros, enfrascado en la lectura, abstraído en un ensayo de Heidegger, cuando en una de esas paradas intermedias, tan reiteradas y latosas de los trenes, vino a hacerme compañía un matrimonio de mediana edad. Ella sobrada de belleza, traspirando coquetería y empaque. Él discreto abanderado de cortesía y mozo de cuerda de la señora, ya que era portador de un regular maletín, de un bolsón de viaje y de un manojo de revistas y periódicos.
Una vez aposentados y reanudada la marcha del tren ella se acomodó junto a la ventana, parecía mirar el paisaje, cuando rogó a su esposo mudar de lugar porque le abrumaba la luz, luego hurgó en su bolso para extraer unas gafas de sol, más tarde pidió el periódico, que apenas desplegado lo trucó por una revista. Casi al mismo instante rogó a su esposo que sacara un pañuelo de seda del bolsón, al parecer tenía escalofríos, seguidamente necesitó que se lo acomodaran debajo de su larga cabellera. Vuelta al periódico para esta vez comentarnos los titulares, vista la primera página se deshizo nuevamente del diario, sacó un cigarrillo (entonces se permitía fumar en los trenes) y pidió fuego al solícito esposo. En ese instante notó la ausencia de las gafas que tras breve pesquisa aparecieron en su bolso de mano. Para no perder la incursión sacó unos chicles a los que nos convidó. Nuevo cambio de asiento, esta vez en contra de la marcha, la mudanza coincidió con la necesidad de beber agua, afortunadamente en el bolso de viajes llevaban una botella. Apagó la sed bebiendo a morrete, lo que trajo la necesidad de un retoque, espejo en mano, de la pintura labial. Alguna queja aburrida salpicada de preguntas para la ocasión como ¿A qué hora llegamos?, ¿Dónde estamos? o ¡Ponte más derecho que arrugas los pantalones ¡
Para no cansar diré que las variantes infinitas de hacer y deshacer se prodigaron durante todo el viaje, parecía estar dominada por un hormiguillo que le impedía estar un instante de reposo, cambios continuos, enmiendas, detalles y más detalles.
En las dos horas que restaban de viaje apenas alcancé a leer concentrado un par de renglones, abrumado con tanto toque, retoque y nueva disposición. Claro que, dije para mi, peor hubiera sido que fuera fea y además incontinente verbal.
Con perdón.

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