LOS SABADOS DE CARREFOUR. Teseo

Confieso que soy un desastre, incluso en lo más íntimo de mí, no me sorprende que me dejara Lucía. A la contra, debo tener un buen fondo, ya que llegamos a un pronto acuerdo económico y al uso y disfrute de mis hijos todos los sábados del año. Inés y Tomás tienen cuatro y tres años llenos de ternura. Los quiero con toda mi alma pero cada sábado para mí es un suplicio, ignoro las técnicas de aproximación a la mente infantil, ellos ponen tanta voluntad como yo cariño, sin que logremos romper esa especie de barrera impuesta por la separación del resto de la semana.
Cada sábado, bien de mañana tomo el cercanías que me lleva a Torrelodones, donde viven mi ex y mis hijos. Durante el viaje voy elucubrando las actividades pretendidamente alegres y joviales que hemos de emprender durante la jornada. Ya lo he intentado todo, Parques de Atracciones, Zoo, Circo, Cine, fiesta campera, juegos y que se yo, otras muchas menudencias regadas de chuches y obsequios. Al final siempre llego al convencimiento de mi fracaso, dan muestras de una conformidad educada, como la del que cumple con un deber tedioso. Y así semana tras semana no solo sin romper la invisible distancia, sino sintiendo que se agrandaba con el tiempo.
Inesperadamente un sábado otoñal encontré la solución. Tenía que proveerme de unos artículos necesarios, por lo que aproveché el viaje para detenernos en Pinar de las Rozas para hacer unas compras provisorias en el Carrefour que está próximo a la estación. Allí Inés tomó asiento en el carro de la compra y Tomás se hizo cargo de uno infantil con mástil y banderola colorada. Nada más empezar a recorrer los pasillos, mis hijos hicieron gala de un inesperado interés, se ve que con su madre ya tenían experiencia en estos supermercados. El interés se manifestó en ir depositando todo tipo de artículos, de forma indiscriminada en el carrito. Al comienzo les hacia disuadir con una leve regañina y retornar cada cosa a su lugar. Pronto advertí su contrariedad desilusionada, así que cambié de estrategia, consentí, contra toda norma de urbanidad que ingresar en el carro cuanto les apeteciera, juguetes, conservas, frutas, cajas de galletas, calcetines, en fin de todo. Cuando el recipiente se iba saturando yo con discreción sacaba algunos artículos depositándolos donde cayera. Este proceder, que empezó siendo disimulado, tanto porque ellos no lo advirtieran, como porque pasara desapercibido a los empleados de la tienda, poco a poco fue más abierto y descarado. El juego estaba en que ellos cogieran todo lo que les apetecía, probablemente en su ánimo suplantaba a un remedo de posesión, y yo fuera soltando lastre poco a poco. Ahí vinieron las risas limpias, las pequeñas correrías, el jolgorio antes buscado y jamás encontrado. Pasamos la mañana en este carga y descarga, acompañado de vez en vez con el aperitivo de chuches, galletas o chocolate. Al mediodía comimos en el mismo establecimiento y sin dar tregua volvimos a comprar y descombrar con idéntico ánimo festivo. Avanzada la tarde y suficientemente revueltos mostradores, rematamos con una merienda rica y colesterol y alegres y contentos tomamos el tren de retorno.
En la entrega, su madre, un poco sorprendida e intrigada preguntó dónde habíamos pasado el día:
– De compras informó la niña.
Desde hace varias semanas esta es nuestra diversión sabatina. Los niños son felices, yo me ahorro un buen dinero y además contribuyo a la creación de puestos de trabajo. ¿Hay quien de más?

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