FUE EN VENTIMIGLIA. Javier Peñas Navarro

Fue en Ventimiglia,
aún noche cerrada,
hacia las cinco. Al expreso,
no más se detuvo,
se allegaron perros
silenciosos, tirando
de los carabinieri.
¿Qué hacías tú –en ropa
interior amarillo limón,
un libro en una mano,
la otra en la cadera–
en medio del pasillo
de aquel coche-cama?
No sé, desde entonces,
(en junio hará dos años)
no concilio el dormir,
un fulgor amarillo
en mis noches aviva
–tragaluz cenital–
por qué los poetas
lo son según la carne:
hijos de celeste luz.
Hay cada madrugada
una estrella distinta
que desprende mi insomnio,
de su centro me nutro
en pos de salvaguarda
del amor que de frente
me traen los girasoles.
Los médicos me inclinan
a una dieta cantábrica:
largos paseos, grises
trayectos de autobús
por ondulantes valles,
manzanas a mordiscos,
y sidra con tapitas
de queso afuega´l pitu.
Y si el caso extremara
me extenderían recetas
de una insólita hierba
que se cría en los Cárpatos;
el jugo que ella exprime
adormece a los búhos
y, dicen, se atreve
con los niños lectores
cuya fobia es dormir.
De las noches oscuras
en los grandes expresos
europeos –no descartan
trigueñas vampiresas–
he dado los despojos;
el sol de La Rábida,
el Talgo hasta Archena,
el perfume de azahar
entre Oliva y Gandía,
las corridas de toros
a la luz del albero
y aun los rayos matutinos
e íntimos que doran
Sigüenza desde el tren
entre abril y noviembre
me han sido retirados.
¬Ínclitos médicos míos,
¿me vedaréis de llorar
en tréboles y hogueras
mi solsticio ambulante
de orvallo y placitas,
playa de san Lorenzo,
tácitos soportales
cenizosos, diurnos?
Cada vigilia, lector
borroso, busco mi estrella
con anhelo de astrónomo,
sin saber qué leías…

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