Victoria Cirlot me toma. Javier Peñas Navarro

Victoria Cirlot me toma,

literalmente, de la mano:

ha soñado que el Santo Grial

se halla en una ermita entre Setcases,

Queralbs y Camprodón

–cuántos saltos de agua

a nuestros torpes oídos–.

Llegamos a Queralbs,

monodia beatífica

del rezo de las seis, aún de día,

y lajas que retejan

bellamente los cielos.

Nadie sabe –nosotros temblamos–

de la ermita del Santo Grial;

el bosque, misteriosas

guaridas, se desazona en cantos

que presagian un algo,

un alto en la tarde. De pronto,

arriba, no lejos del pueblo,

columbramos un tren detenido:

de par en par, tres vagones,

en la pendiente, solo.

Cae la noche en minutos

y ni una gota de sangre

se advierte en las cascadas,

aún el otoño frío

no se ha mostrado al valle

en su esplendor de nieve,

despiertan las lucecillas.

El cremallera de Núria

no interroga, tampoco rehúsa,

mas Victoria y yo ardemos

como en un nuevo Emaús.

¿Por qué nos abrazamos

si lo que era convoy es sólo misterio?

Si se nos diera por perdidos,

algún pastor habrá que vislumbre

dos estrellas de sangre fundidas

como una saeta cuya punta señale

la ermita donde Santo esplende el Grial.

Tal vez, Victoria, este tren

ha hallado en nosotros la vida

abierta a copiosas nevadas,

y en el bosque cuajado de blanco

gotee como savia la sangre

–abrazo que desgaja las estrellas–

y siguiendo su senda podamos

llegar a la ermita que tú viste en sueños.

 

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