En los huertos y en las almas, en Gallur. Javier Peñas Navarro

En los huertos y en las almas, en Gallur,

es la primavera naciente de mil novecientos quince.

El tren de las Cinco Villas, primerizo, y engalanado

con flores y banderas, va a partir. Hay alegría,

irrumpen los cohetes. El agudo silbato al entrar en el puente

–doscientos metros largos de hierro sobre el Ebro terroso–

se quiebra en un estruendo por siempre inconfundible,

audazmente en las fibras que van del corazón

a los oídos, al estremecimiento de las noches en vela,

al denso abanico de gorriones que de los nogales

salta hasta el azul y se expande nervioso. Fragor

desde el corazón en volandas al humo presuroso que se pierde hacia

[Tauste.

Página primera dibujada en la ilusión de los niños,

fotografías, albores de abril cuya palidez escrutamos

cuando un escalofrío zarandea

nuestro deudor cautiverio de aferrados instintos.

Cuántas veces la historia, ese gran turbador,

nos reescribe imperiosa con su fruto cordial:

con palabras incisas en las máscaras fútiles

en lo convexo de las conchas por demás deslizantes

que oponen legales su fatal preeminencia.

Desde mil novecientos setenta, en las frías

mañanas de los desmantelados,

chillan los pájaros ante el silencio del Ebro

y pincelan recreos en los chicos que fuimos,

que somos; y surtiendo de espasmos al tren

ganancial del estrépito –vida sin ser vivida–,

exponen al cierzo el temblor de sus almas

y vivaces retraen en su vértigo infuso

la refriega fluvial de la línea del Norte.

 

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