VIENE EL VIEJO CENSOR CON UN PLIEGO. Javier Peñas Navarro

Viene el viejo censor con un pliego

de amotinados lustros sin decoro,

e innombrables guadañas, y sella,

clausura, encadena y despide.

Acaso derruye. A las estaciones

también las jubilan, les dan el destino

de ortiga, de insania sonámbula,

vidrios y herrumbre: ahí se cobijan

palomas, vencejos… No dejo de oírlos.

Tampoco el trasiego incesante de trenes;

unas veces alegre su canción de partida,

arrasadora otras como un pronto aguacero.

Ni olvido, cuando llegan, el don de su ser,

ignoro si abrazo u oscuro vencimiento.

Querría

caminar sobre el raíl como aquel chico

en “Los inútiles”, jugar a despertar

la dormición de la niebla en un cuadro de Turner,

recitar estaciones de enterrada memoria,

tender líneas férreas, pentagramas de amor

con las nubes dispersas y con notas anónimas

que de las ventanillas

lanzan pasajeros a las chicas de un prado;

y oír, como vosotras lo escuchasteis,

el canto de Laudes al parar en Tulebras.

Juntar un ramillete de estos puntos de libro

y unos versos otoñales en una postal

–de Montes Claros, elegíaca y boscosa,–

para acercarme al pie de los muros que fuisteis.

 

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